miércoles, 26 de febrero de 2014

MONSTRUOS



Muy a pesar de la legión de detractores que ha tenido y, aun hoy en día sigue teniendo el cine de género, éste le ha dado al séptimo arte algunas de sus más preciadas joyas.

Títulos como Aelita; Metrópolis; Frankenstein; La guerra de los mundos; La invasión de los ladrones de cuerpos; Ultimátum a la Tierra; El planeta de los simios; Terminator;  o Pitch Black, por citar los primeros que se me vienen a la cabeza, demostraron, en el momento de su estreno, la validez del fantástico frente las críticas que lo lastraban.

Y todos estos títulos, en mayor o menor medida, están hermanados por ser películas con un presupuesto no excesivamente alto, más bien todo lo contrario.

En la mayoría de los casos, se trata de películas realizadas con mucho oficio, y una gran inventiva por parte de sus responsables, salvo el caso de El planeta de los simios que sí que dispuso de cierto desahogo presupuestario, pero sin exagerar. Algo similar le ocurre a cinta de Fritz Lang, aunque su presupuesto, muy alto para los estándares europeos, no tiene comparación con el mercado americano.

No obstante, en ambos caso, y al igual que ocurre con el resto de títulos, el sobresaliente resultado final tiene mucho que ver con el interés y la dedicación de quienes se encontraban detrás del proyecto.

Con Monsters, película, dirigida, escrita, rodada y diseñada por el británico Gareth Edwards -quien también se hizo cargo de los efectos digitales de la cinta- pasa tres cuartos de lo mismo. Toda la producción se apoya en las espaldas de los dos actores principales, Whitney Able (Samantha Wynder) y Scoot McNairy (Andrew Kaulder) y en un equipo técnico formado por cinco personas, junto con todos los ordenadores y el material informático del director.

La película, rodada cámara en mano en escenarios naturales, muchas veces sin pedir permiso, y utilizando personas normales y corrientes como figurantes puede ser considerada como una de las propuestas más atractivas e interesantes de cuántas se han estrenado en los últimos años.

Además, el trasfondo social que destila toda la cinta, el cual no figuraba en los planes iniciales del director, la convierten en una herramienta de crítica social, a la altura de títulos como La invasión de los ladrones de cuerpos o Ultimátum a la Tierra.

Puede que la diferencia sea que lo que rodó Edwards en Méjico sea algo tan cotidiano que, aunque lo quieras pasar por alto, acaba por surgir mientras que el trasfondo de denuncia sobre la carrera armamentística (Ultimátum a la Tierra) o, por el contrario, el clima de paranoia y persecución vivida durante la época de la “caza de brujas” (La invasión de los ladrones de cuerpos) estuviera más presente en esas épocas.

Sea como fuere, Edwards filma en Monsters su particular visión de la novela del escritor Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas (1899), aunque el escenario se traslade del Congo colonial belga al Méjico contemporáneo e igualmente violento.

Monsters es varias cosas, además de una película de género. Por un lado es el viaje que dos personas emprenden tratando de volver a casa, aunque las fronteras de dónde está el hogar se vayan difuminado con el paso del metraje. Por otro lado es una historia de amor entre dos personas antagónicas, pero tremendamente solitarias.

Y, como su mismo nombre indica, es una película de monstruos llegados desde el espacio exterior, los cuales deben enfrentarse con los monstruos que habitan el planeta Tierra, los seres humanos, mucho más dañinos que aquellas criaturas.

La excusa argumental tiene que ver con una nave espacial, la cual se estrella tras obtener muestras de vida extraterrestre en una de las lunas de Júpiter.

La nave en cuestión se estrella en Méjico, infectando una enorme zona del país, convirtiéndose, ésta, en la “Zona infectada”.

Ante tal suceso, las autoridades norteamericanas comienzan un enorme despliegue militar, el cual pretende evitar que las criaturas “invadan” el territorio americano, además de construir una enorme muralla, edificación que compite en grandiosidad con la milenaria muralla china.

Sobra decir que los intentos por detener a las enormes criaturas, resultantes de la contaminación, acaba por degenerar en una suerte de bombardeos constantes, muchos de los cuales se saldan con víctimas civiles que nada tienen que ver con los invasores extraterrestres.
Por añadidura, una situación tan adversa -sumada a la que el país ya vivía antes del accidente de la aeronave espacial- es el caldo de cultivo ideal para que la corrupción y los atropellos contra los más desfavorecidos se propaguen mucho más rápido que cualquier invasión alienígena.

En medio de aquel escenario, se encuentran Andrew Kaulder y Samantha Wyder. Él es un fotógrafo que busca su oportunidad en el mercado de las noticias de consumo rápido y sensacionalista. Ella, por su parte, es la hija del director del medio para el que trabaja Kaulder, y da con sus huesos en un hospital como resultado de uno de los muchos ataques de los monstruos y el posterior bombardeo de los aviones estadounidenses. Para los dos protagonistas, Méjico representa una excusa para lograr un propósito, aunque en el caso de la joven, su interés tenga que ver con posponer el maravilloso e idílico futuro que le tiene preparada su familia.

Kaulder, parapetado en un cinismo nada convincente, busca en aquel lugar la oportunidad que le ayude a recuperar la autoestima personal que perdió tiempo atrás, aunque tampoco tenga mucha confianza en su futuro, tal y como le sucede a Sam Wynder. Sin embargo, hacer de niñera de una “niña rica” no entraba en los planes de Kaulder, más si se tiene en cuenta que, cuando conozca a la joven, su vida deje de ir como él quisiera.

Tal y como suele ser habitual cuando las circunstancias ambientales marchan por delante de los personajes protagonistas, Kaulder deberá aceptar que el encargo inicial se va transformado, poco a poco, en la odisea vital que vive el personaje principal de la novela de Conrad, teniendo que hacer frente a sus miedos más íntimos y personales.

Quizás el punto de inflexión, magníficamente resuelto por el director, llega  cuando, tras el ataque nocturno que sufren los vehículos en los que se encontraban viajando camino de la frontera, Kaulder descubre el cadáver de una niña pequeña, la cual ha sucumbido, junto al resto de su familia, ante el ataque de uno de aquellos monstruos. Filmada sin ningún diálogo, la secuencia nos muestra el dolor de una persona que ve en aquella niña, a la que tapa con una de las fundas que protegen sus cámaras, al hijo al que añora y con quien tiene muy poca relación.

Aquella niña es, como en lo mayoría de los casos, el eslabón más débil de una cadena plagada de funcionarios corruptos, personas sin moral y parásitos que devoran sin ningún pudor las vidas de quienes, para desgracia suya, viven en el lugar equivocado y en el momento equivocado.

Una vez que, al final, y tras muchos obstáculos, ambos personajes logran llegar a la frontera, se toparán con una realidad que dista mucho de ser la “versión oficial” que, día tras día, bombardean los medios de comunicación, especialmente las televisiones: los monstruos sólo son criaturas que tratan de sobrevivir, ni más ni menos. Edwards nos muestra, con todo lujo de detalles, la enorme belleza de aquellas criaturas, una suerte de seres anfibios que suenan como las ballenas terrestres, las cuales están tan desplazadas y asustadas como aquellos que han tenido que abandonar sus casas, a causa de la contaminación y los continuos bombardeos aéreos. Es el penúltimo punto y seguido de una historia que termina de una forma esquiva, pero nada casual, más si se tiene en cuenta todo lo que se ha visto.

Con Monsters, Gareth Edwards vuelve a demostrar que la realidad del mundo en el que vivimos se puede convertir en un material tan maleable como cualquier criatura llegada desde el espacio exterior. Sus monstruos nada tienen que ver con el sanguinario alienígena creado por H. R. Giger para la película de Ridley Scott. Sus monstruos son tan víctimas como la mayoría de los personajes que aparecen en la película, sumergidos en las tinieblas de un país, Méjico, donde, día tras día, la violencia se cobra más y más víctimas.

Después está el acierto del director por contar las pequeñas historias que se van sucediendo, tanto entre los dos personajes principales como con el resto de los personajes que irán apareciendo y el resultado es una sobresaliente película de género, la cual no debería pasar desapercibida para todos aquellos que disfrutan con este tipo de propuestas.

Tras un ir y venir de toda clase de rumores, Edwards ha sido el escogido para revitalizar el personaje de Godzilla en la gran pantalla, tras la “fallida y nunca bien ponderada” película de Roland Emmerich, estrenada en 1998.

Su principal reto será no perder su estilo, enredado en los entresijos de una gran producción como esta, y poder seguir contando historias de personas reales con GRANDES monstruos a sus espaldas.

Veremos de lo que es capaz el joven realizador británico y si consigue plasmar un icono tan reconocible como lo es el mítico monstruo japonés sin perder sus señas de identidad como realizador.  
 
© Vertigo Films, 2014

domingo, 16 de febrero de 2014

DÉJAME ENTRAR


 
Los mitos y legendas, aquellos escritos con MAYÚSCULAS y que forman parte del imaginario de la cultura universal pueden ser interpretados de mil maneras distintas. No importa el momento y el lugar, siempre que se reinterpreten bajo la óptica precisa y evitando excesos que los desvirtúen.

Estas premisas y una sobresaliente forma de hacerlo bien pudieran explicar trabajos como los acometidos por el escritor sueco John Ajvide Lindqvist. Títulos como “Déjame entrar” y “Descansa en paz” han demostrado que mitos como el del vampirismo y los muertos vivientes pueden dejar a un lado su poso terrorífico y sangriento para adentrarse en terrenos poco transitados por otros escritores de género.

Con “Déjame entrar”, John Ajvide Lindqvist nos habla de la extraña simbiosis entre la infancia y el no-muerto, sediento de sangre pero dotado de sentimientos, y la necesidad de interactuar con otros seres humanos, a pesar de su condición vampírica.

A su alrededor, el escritor sueco nos presenta la realidad de los suburbios de Estocolmo a principios de los años ochenta y acosados, éstos, por la peor cara de la humanidad. Temas como las drogas, la prostitución, la pedofilia, el acoso escolar y el abandono al que se ven sometidos muchos menores por parte de sus progenitores son tratados por el escritor sueco con franqueza, algo que suele distinguir a buena parte de los escritores nórdicos.

En el año 2008, la historia entre Oskar y Eli fue llevada a la gran pantalla por el director Tomas Alfredson, protagonizada por los actores Kåre Hedebrant y Lina Leandersson. La película respetaba buena parte de la trama original, aunque suavizaban algunos elementos tales como la atracción pedófila de Hakan hacia Eli, quien en realidad es un niño que fue castrado hace doscientos años.

No obstante el éxito de la película, galardona con el Méliès d'Or 2008 concedido a la mejor película europea de cine de género, propició que casi al mismo tiempo de su estreno se estuviera firmando un acuerdo para una versión anglosajona de la historia escrita por John Ajvide Lindqvist.

Let me in –o Let the Right One In- (Déjame entrar en nuestro país) traslada la acción de la novela original hasta una pequeña localidad americana, una de tantas que jalonan la geografía del país. El protagonista principal, Owen, es un niño apocado e inteligente, el cual vive acobardado por los continuos acosos y abusos a los que le someten los matones del instituto. Owen, hijo de un matrimonio separado, sólo tiene el consuelo que le aporta ver la vida de sus vecinos, a través de un telescopio, e imaginar, escondido tras una máscara y portando un pequeño cuchillo, cómo se lograría vengar de quienes lo maltratan cada día.

Sin embargo, su tremenda soledad y aislamiento personal –algo que tiñe toda la película rodada por el director Matt Reeves- cambian de la noche a la mañana cuando conoce a Abby, una niña igual de solitaria y desvalida que él. Abby se acaba de mudar al mismo edificio donde vive Owen. Abby vive acompañada por un adulto que parece ser su padre, pero ésta no se comporta como una niña cualquiera. Para empezar solamente sale por las noches, va siempre descalza y no parece tener frío, a pesar de toda la nieve caída durante el invierno.

Owen encuentra en aquella niña pálida y melancólica el anclaje necesario para recuperar las ganas de vivir y encarar su situación de otra forma. Gracias a Abby, Owen hablará con su profesor de gimnasia para que éste le ayude a mejorar su enclenque forma física. Además, la niña lo animará a vengarse de quienes abusan de él, algo que Owen no dudará en hacer cuando se le presente la oportunidad.

Mientras tanto, una serie de extraños asesinaros se suceden en la pequeña comunidad, asesinatos que podrán en jaque a la policía del lugar, especialmente al detective interpretado por el actor Elias Koteas.

Al final, Abby le confiesa a Owen que ella es un vampiro y que lejos de ser una niña es un ser que lleva doscientos años en este mundo.

En un principio, el niño se asusta, pero no tanto como debiera. Para Owen, Abby es la única amiga que ha tenido en el mundo, de ahí que -siguiendo la tradición más clásica, en cuanto al mito del vampiro se refiere- la deje entrar en su casa, sin importarle qué pueda pasar.
 
Let me in es una de las películas más melancólicas, hermosas y turbadoras de cuántas se han estrenado en los últimos tiempos. El poso de soledad, de desazón que impregna las vidas de ambos personajes -magníficamente interpretados por los actores Kodi Smit-McPhee y Chloë Grace Moretz- te hacen olvidar la historia del vampiro que necesita de sangre humana para vivir, llevándote hasta la tragedia personal de los protagonistas.

Viendo cómo tratan los matones de la escuela a Owen, uno llega a entender los deseos de venganza del infante y el destino al que luego serán sometidos por Abby, cuando están a punto de matar a Owen.

Además, la vida que lleva Owen, siempre solo, es un fiel reflejo de la vida que llevan muchos niños y niñas de todo el mundo, abandonados por unos padres demasiado ocupados como para ocuparse ellos. De ahí que los momentos en los que Owen y Abby están juntos, jugando en el parque que hay delante de su edificio o comunicándose por medio del código Morse a través de las paredes son del mismo sentimiento agridulce que destila toda la película.

No obstante, Déjame entrar está dotada de una estética realmente hermosa, casi gótica, al estar rodada siempre en sombras, algo que potencia la viabilidad del mito vampírico, siempre condenado a vagar en la oscuridad de la noche. Esa oscuridad es la misma que ha envuelto la vida de Owen, hasta el mismo momento en el que su amiga entró a iluminar su vida, por mucho que con Abby venga aparejada una historia de amor tan intensa como destructiva. En esto, como en otros muchos elementos, la película de Reeves es más cauta y evita, siquiera, insinuar temas que Alfredson sí que toca en la primera adaptación cinematográfica ya comentada.

Para Reeves lo importante son las vidas de ambos personajes y como éstas terminarán por entrelazarse, de la misma manera que Abby y su protector, el hombre que Owen pensaba que era el padre de la niña, llegaron a convivir juntos durante décadas, detalle que conoceremos gracias a una antigua instantánea conservada por Abby.

Sea como fuere, Déjame entrar es un canto a la inocencia y todo lo que ésta lleva aparejada, sobre todo la falta de intransigencia que luego desarrollan los seres humanos para perjuicio propio. A pesar del aspecto grotesco y amenazador que presenta Abby cuando se transforma en un vampiro, Owen sabe que su vida sin ella sería mucho peor y que su realidad, lejos de cambiar, solamente podía ir a peor, por mucho que intentara cambiarla. El acto de “justicia poética” con el que termina la película no es sino la consecuencia de un sistema que parece proteger a quienes abusan, en vez de defender a las personas que son víctimas de dichos abusos. 
 
 
Al final, el alma que, según la leyenda, se dice que Abby perdió al ser transformada en vampiro está más presente que en cualquiera de los gallitos que se divierten torturando a Owen.

Estrenada en el festival de cine fantástico de Sitges, al igual que ocurriera con la primera de las adaptaciones, Déjame entrar se nos presenta como una de las propuestas más atractivas, originales y recomendables de cuántas han llegado a las pantallas, siempre que se habla de cine de género.

Sus preciosas y melancólicas imágenes, y el buen hacer de sus actores, la convierten en una película que está abierta a cualquier espectador que quiera disfrutar con una historia tan bien contada como ésta, sin tener que reparar en si se trata de una historia de vampiros o no. Eso es algo que viene incluido, pero no lo más importante.
 
 
© Overture Films; Exclusive Media Group; Hammer Film Productions & EFTI, 2014



jueves, 13 de febrero de 2014

SUPER 8


 
Hay muchas formas de homenajear aquellas cosas que fueron y aún siguen siendo importantes en la vida de una persona. Unos los enmarcan o los colocan en vitrinas para luego mirarlos cada mañana al levantarse. Otros prefieren reunirlos todos y crear algo nuevo, algo que, sin perder la esencia, logre contar una nueva historia que haga las veces de cápsula del tiempo tan atemporal como los cuadros colgados en una pared.

 Y es esta última opción la que se puede aplicar a la película Super 8, la cual es el personal y sincero homenaje de un creador, J.J. (Jeffrey Jacob) Abrams, para con uno de sus grandes referentes del séptimo arte, el también creador y visionario cinematográfico Steven Spielberg,

No obstante, Super 8 es más que un homenaje a películas como Encuentros en la tercera fase, ET o Los Goonies, las cuales marcaron la posterior trayectoria profesional de Abrams.  Super 8 es una suerte de autobiografía, más o menos confesada de Abrams, quien se ve reflejado en Joe Lamb, un niño que como a Abrams, le gustan los cómics y las películas de monstruos y de ciencia ficción. Además Joe es un niño que forma parte del equipo técnico de una película que es, a todas luces, otro homenaje, en este caso, al patriarca zombie, George A. Romero.

En el caso particular de J.J. Abrams, su relación con el séptimo arte empezó bien pronto, dado que su padre era productor cinematográfico, de ahí que Abrams empezara a frecuentar platós cinematográficos desde una edad muy temprana. Por añadidura, Abrams demostró tener un gran instinto para la creación cinematográfica, llegando a “aconsejar” al mismísimo John Carpenter cuando el realizador estaba trabajando en la película 1997, Rescate en Nueva York.

Y si Joe Lamb pudiera ser Abrams en el año 1979, dado que el director/ productor y guionista nació en 1966, Chales bien pudiera ser un joven Steven Spielberg, claramente influenciado por las películas de George A. Romero y empeñado en contar su propia aventura zombie.

Juntos son los engranajes principales de un equipo de producción que, apoyados en las entrañables cámaras de Super 8, verán como sus vidas dan un vuelco por causa de un accidente de un tren militar que proviene de la supersecreta base, por todos conocidos, Área 51.

A partir del accidente, rodado por la cámara de Super 8 de los intrépidos cineastas, los jóvenes  verán cómo su tranquila vida de adolescente se convierte en una enorme jincana, en la cual no dejan de aparecer personajes de todo tipo, desde militares maquiavélicos, profesores suicidas y monstruos extraterrestres que no lo son tantos.

No obstante, y pesar de los inconvenientes, ni Charles, ni Joe ni el resto del equipo ceden en su empeño de continuar con el rodaje, pero, como suele ocurrir, con tantos peones sobre el tablero de juego, las cosas nunca salen como uno quiere.  

Por fortuna para todos ellos, Jackson, el padre de Joe tampoco ahorrará esfuerzos por proteger la vida de su hijo y del resto de sus amigos, a pesar del empeño de los militares por lograr lo contrario.

Y es que Super 8 es, por encima de todo, la historia de un padre y un hijo marcados por la muerte de la mujer, esposa y madre, la cual abre una brecha entre ambos. Para Jackson, oficial de policía, la muerte de su esposa lo enfrenta un territorio desconocido, su hijo Joe. Dicha brecha se hubiera hecho mucho mayor, de no ser por el accidente del tren militar y por el interés de Joe en Alice, la hija del hombre responsable de la muerte de la madre de Joe.

Tal y como es lógico pensar, Jackson no aceptó, en un principio, el interés de Joe por Alice, a pesar de que la niña no tenía por qué pagar por los pecados del padre. No obstante, luego tuvo que rendirse ante la evidencia de que ni el padre de Alice ni la niña tenían nada que ver con la muerte de su esposa y que lo mejor que podía hacer era tratar de solucionar todo aquel enredo.

En medio de todo, como no podía ser de otra forma, se esconde la criatura extraterrestre que a los militares se les ocurrió transportar en el tren que provenía de la ya mencionada base. El monstruo, responsable de la desaparición de los microondas y de algunos vecinos de la comunidad, no deja de ser una víctima de la locura y el empeño por ocultar las cosas que tanto gusta a las autoridades estadounidenses. En este apartado, Abrams rinde otro homenaje a Chris Carter, creador de la serie Expediente-X y la teoría de la conspiración defendida por el agente Fox Mulder.

Al final, y como suele ser habitual, los verdaderos monstruos son los seres humanos y no quienes han tenido la poca fortuna de caer en este manicomio redondo que es el planeta Tierra.

En resumen, Super 8 es una película con niños, pero no es una versión de Los Goonies. Es una película con “monstruo alienígena”, pero no es una película de monstruos. Super 8 es una película sobre todos aquellos que aman el cine y que, alguna vez en su vida, empuñaron una cámara de cine, de ocho milímetros y empezaron a filmar.

Es, también una historia de relaciones personales, de cómo los padres y los hijos tienen que aprender a vivir juntos y cómo los amigos empiezan a tener problemas cuando las féminas aparecen en el tablero de juegos.

Y, Super 8 es, sobre todo en sus minutos finales -mejor que no se levanten demasiado rápido de sus butucas-, una estupenda película de zombies, en el mejor estilo de las realizaciones de Romero o Lucio Fulci.

No me quiero olvidar de la notable interpretación de los actores principales: Joel Courtney (Joe Lamb); Ridley Griffths (Charles); Ryan Lee (Cary); Elle Fanning (Alice), hermana de Dakota y que va camino de superar a su hermana; Noah Emmerich (Nelec), el demente militar al cargo de la misión de rescate del tren siniestrado; y Kyle Chandler (Jackson Lamb), uno de esos actores que es una pena que se prodigue tan poco, a pesar de su buen hacer en series como Early Edition o en películas como The Kingdom, Broken City o en la denostada, y nunca suficientemente bien considerada, versión de Peter Jackson de un clásico del fantástico como lo es King Kong.

Todos logran que, cuando la película se estrenó, pasáramos un rato muy entretenido y ciertamente apasionante, en especial todos aquellos que seguimos disfrutando del cine en pantalla grande y no en la ridiculez de una pantalla de ordenador, sin necesidad de escondernos tras ninguna excusa peregrina para justificar la descarga ilícita de películas.

Ya saben, si quieren pasarlo bien, disfrutar con una película que tiene de todo, hasta el final, y recordar aquellas cosas que siguen siendo importantes, Super 8 es la película que debieron ver en la PANTALLAS DE LOS CINES, cuando se estrenó y ahora comprando la versión en DVD o Blu-ray no descargada de cuaquier otro sitio.
 
 
© Paramount Pictures, Amblin Entertainment & Bad Robot, 2014
© Drew Struzan, 2014
 
 
 

martes, 4 de febrero de 2014

HIJOS DE LOS HOMBRES


 
Nos les diré nada nuevo si les cuento que estamos matando a nuestro planeta y a sus gentes, poco a poco. Cada día aparecen nuevos o viejos conflictos armados, casos de abusos, corrupción, sobreexplotación de la tierra y las personas y un sin fin de razones que abalan, tristemente, lo que les he comentado unas líneas atrás.

Sin embargo, por duro que todo esto pueda parecer, siempre nos queda una esperanza.

Nos queda la esperanza de que las nuevas generaciones, aquellas que están naciendo mientras escribo esta columna, sean capaces de aprender de nuestros errores y salvar lo poco que quede intacto de nuestro viejo mundo. Con sus risas y sus juegos, los niños de ahora, hombres del mañana, terminan por actuar de bálsamo que cura la más cruel de las heridas.

Imaginen por un momento un escenario totalmente distinto, un escenario en el que los peores miedos han pasado a ser reales.

Un escenario en el que las risas infantiles son sustituidas por la desesperación y el tedio de un mundo que se dirige de manera convulsiva hacia el desastre.

Un escenario donde lo único que queda es tratar de salvarse a sí mismo, dado que ya que poco queda que salvar de lo que nos rodea. Un escenario donde los niños forman parte del pasado, como las estatuas de Miguel Ángel o los dibujos de Leonardo Da Vinci. Un escenario en donde ya no nacen niños desde hace 18 años.

Ésta es la premisa de la que parte la última película del director mejicano Alfonso Cuarón, Hijos de los hombres, basada en la novela de la novelista británica Phyllis Dorothy James.

La acción comienza en el año 2.027, dos décadas después del último nacimiento de un ser humano en el planeta. El protagonista, Theodore Faron, vive una ciudad de Londres dominada por la xenofobia y el totalitarismo de un gobierno que trata de apuntalar los resto del mundo civilizado a costa de una brutal represión.

Nada queda de la mal llamada “sociedad del bienestar” tras multitud de guerras, muchas de las cuales terminaron con el estallido de artefactos nucleares, conflictos étnicos y el colapso de la economía de mercado. Quienes han sobrevivido pugnan por no ser engullidos en las entrañas de un régimen que recuerda poderosamente al descrito en la novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd, V de Vendetta.

En medio de todo, Faron se verá envuelto en las actividades de un supuesto grupo terrorista –The fishes- liderado por su ex-mujer, Julian, empeñada en aportar un gramo de esperanza a un mundo que sólo quiere que lo dejen morir tranquilo.

Faron se niega en un primer momento aunque, tras hablar con su buen amigo Jasper, decide aceptar el encargo de su antigua compañera.

A partir de entonces, el protagonista verá como su realidad salta en mil fragmentos, teniendo que sobrellevar toda una catarata de acontecimientos que pondrán a prueba sus creencias y su propio concepto de humanidad.

Puede que lo peor de todo sea volver a tener esperanza en un mundo donde no hay mayor pecado que pensar que el mañana nos traerá algo mejor.

Lo que ocurre es que, ante la posibilidad de proteger una nueva vida, uno se ve obligado a dejar atrás sus miedos e inseguridades y luchar sin tener en cuenta los resultados.

De todas maneras, la esperanza dura lo que un soldado tarda en sacar el cargador de su fusil, coger el siguiente, colocarlo en su lugar y volver a comenzar con su macabro repertorio.

Esto mismo se observa en quienes, en esta historia,  luchan por terminar con un sistema que castiga a los refugiados llegados hasta el reino de la Gran Bretaña tras la desaparición de sus estados. Si las autoridades británicas de esta narración detienen a los mencionados refugiados y los recluyen de la misma manera que hicieran los nazis durante la segunda guerra mundial con millones de personas, los luchadores por la libertad no dudan en asesinar a sus líderes con tal de ganar a la partida al contrario. Todo con tal de ofrecer una esperanza, tirando de los mismos métodos que llevaron al mundo a la situación en la que ahora se encuentra.

Faron no es, tampoco, un dechado de virtudes. Lo que ocurre es que, como el narrador de una historia decimonónica, es capaz de ver más allá de sus intereses personales, por los menos cuando la situación con Kee, la joven africana que se convertirá en su protegida, así lo requiere.

Su visión de futuro, en un mundo ciego y estúpido como el que se nos plasma en la pantalla, le supondrá mucho más de lo que podía pensar en un principio. Su lucidez mental lo sitúa muy por encima del resto de los personajes, que sólo se comportan como animales -poco racionales- que son.

Hijos de los hombres es obra de la novelista Phyllis Dorothy James –P.D.James- en 1.992. Su novela nos cuenta uno de los muchos futuros atroces y carentes de esperanza, como ya hicieran otros escritores, contemporáneos suyos, tales como Philip K. Dick o Robert A. Heinlein.

La obra de James es aún más descarnada que Alfonso Cuarón -responsable este último del guión de la película-, pues nos muestra un mundo mucho más viciado y carente de cualquier escapatoria para los protagonistas.

El acierto del director mejicano es no darnos tregua alguna y atraparnos en medio de una realidad que, aunque nos resistamos a creerlo, invade los noticiarios de las principales cadenas de televisión mundiales.

Su forma de plantearnos los acontecimientos, de forma brusca y sin tiempo para poder asimilarlo, terminan por anclarte a la butaca del cine, tal y como sucedió durante su pase de presentación durante el festival de Sitges del año 2.006.

El otro pilar sobre el que reside la validez de la película es en su reparto, encabezado por un cada vez más eficaz Clive Owen, héroe por las circunstancias, pero héroe, al fin y al cabo. A su lado, la también resolutiva Julianne Moore, en un papel que actuará de catalizador para el desarrollo posterior de los acontecimientos.

Junto a ellos un Michael Caine que demuestra que no es uno de los mejores actores de las últimas décadas por casualidad. Su papel de Jasper -un ser que vive entre los cuidados a su esposa enferma, sus recuerdos del pasado y la atención de su plantación de marihuana- muy bien podría ser una declaración de principios del propio actor, poco amante de los excesos de su sociedad y de muchos de los integrantes de su profesión.

No obstante, es Alfonso Cuarón quien destaca como el responsable de llevar a la pantalla una novela tan compleja como la escrita por James, hace poco más de una década. No debemos olvidar la capacidad del realizador para adaptar textos literarios a la pantalla. Ya lo demostró en 1.998 cuando rodó una versión actualizada del clásico de Dickens, Grandes Esperanzas. Seis años después, le tocó el turno a la tercera de las novelas del niño mago, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, considerada por muchos la mejor de las aventuras del Potter cinematográfico.

Con Hijos del mañana, Cuarón demuestra sus dotes por partida doble, guionista y director, a la vez que deja claro clara su madurez como realizador. Lástima que su sentido de la esperanza para con el mundo sólo dure escasos minutos. Aunque, tal y como están las cosas, antes y ahora, demasiado tiempo me parece.

 
© Universal Pictures; Strike Entertainment & Hit & Run Productions, 2014

 

lunes, 3 de febrero de 2014

MELANCHOLIA


 
Pocas son la verdades absolutas que acompañan a una persona desde que nace hasta que muere, por mucho que la sociedad trate de colocar barreras artificiales para evitar que miremos hacia otro sitio. En nuestro mundo son  muchas las falsedades impuestas por la necesidad de huir de aquellas cosas que nunca nos abandonarán, hagamos lo que hagamos y vivamos como vivamos. Pensamos que, por rodearnos de cosas materiales, por convivir con personas con las que mantenemos unos frágiles e impuestos lazos de sangre, por obtener el éxito profesional y monetario, podemos evitar que, al caer la noche, nos invada la sensación de soledad que nos acompañará desde el mismo momento en el que nacemos.

La soledad, una palabra corta, pero llena de tanto sentido, que nos condiciona sobre manera, a lo largo de nuestra existencia. Nada ni nadie puede evitar que una dama tan posesiva y persistente como ella siempre esté presente, recordándonos cuál es nuestra verdadera realidad.
 
Ahora, imaginen que la vida en nuestro planeta está a punto de desaparecer y que no hay fuerza humana que lo evite. Un planeta, llamado Melancolía, se dirige hacia la órbita de la Tierra y sólo queda esperar el final, rodeados de la mayor de las soledades, aquella que impregna cada poro de tu piel y casi no te deja respirar. Y así se sentirá Claire, una mujer atrapada entre el dinero y los deseos de su marido, John, los requerimientos de su hijo, Leo, y la depresión que está acabando con la vida de su hermana, Justine.

Justine, la joven prometedora diseñadora gráfica que, al principio de la historia, se casa con Michael, rodeada de su familia -tan disfuncional como nuestra misma sociedad- y que descubre, en medio de todo aquello, que su vida lleva una deriva tan desalentadora como frustrante.

Justine, la joven a la que su hermana Claire quiere y odia casi con la misma intensidad. Justine, la joven a la que su madre castiga con su resentimiento y a quien su padre confunde con sus ligues adolescentes. Justine, la joven que sabe cosas, cosas que nadie sabe, o que nadie quiere aceptar, y que será capaz de asumir, con una naturalidad casi divina, el final que le espera al que ha sido su planeta hasta la llegada de Melancolía.

Justine, la joven que termina por aceptar que la soledad no es un estado del que se deba huir, sino todo lo contrario, tumbada desnuda, en plena noche, mientras Melancolía llega hasta nuestra atmósfera.

Justine, el eje central de una de las películas más sobrecogedoras de cuántas se han estrenado en los últimos tiempos, gracias a una estética y una puesta en escena que te envuelve y te seduce a partes iguales.

Justine, la joven que actúa al ritmo de la música del preludio del primer acto de la ópera Tristán e Isolda, de Richard Wagner, conocido como “Preludio y muerte de amor” y con quien Lars von Trier nos da su visión de lo que significa la palabra soledad.
 
Justine es también quien nos lleva de la mano para que veamos una radiografía de la disfuncionalidad de la sociedad actual y de todo el entramado artificial y mezquino que la rodea, simbolizado éste, en la boda con la que comienza la película.

Su enlace con Michael y el ir y venir de los pequeños dramas que se desarrollan a partir de ese momento abocarán a la protagonista a jugárselo todo a una carta, y perder aquello que, hasta ese momento, era importante en su existencia.

Después, sólo Claire será capaz de asumir la responsabilidad de cuidar de una Justine que, como al planeta Tierra, sabe que le queda poco para desaparecer.

Para Claire, Justine es un foco de problemas para con su marido John, un adinerado sujeto que a duras penas soporta la situación, a pesar de intentarlo, y para con su hijo, Leo, un niño que verá cómo su vida se va desmoronando por la llegada de la soledad hasta la misma puerta de su habitación. Sin embargo, el aplomo de su hermana Claire ayudará a Justine a sobrellevar el mismo sentimiento de soledad que la embarga y del que ha tratado huir hasta ese mismo momento.
 
Luego llega un rayo de esperanza, vana y engañosa, como las mentiras que nos repetimos para tratar de levantarnos cada mañana, al igual que hacen los personajes que pueblan las novelas, relatos y películas que hablan del fin del mundo. Todos ellos, al igual que Claire, buscarán un lugar donde apoyarse para que el fin de su existencia sea lo más llevadera posible, incapaces de articular cualquier otro discurso.

Para Justine, el destino que está a punto de alcanzarlos no logrará quebrarla como sí hace con John, quien prefiere huir en solitario, una idea que también rondará la cabeza de Claire, pero que abandonará ante la imagen de su hijo Leo.

Una vez que el telón está a punto de caer, Justine, Claire y su hijo Leo compartirán un último atisbo de humanidad, sabedores de la tragedia que les ha tocado vivir, desde el mismo momento en el que llegamos a este planeta. No hay tiempo para huir, ni para esconderse. Melancolía es el punto final de una farsa llamada planeta Tierra y ya nada ni nadie podrá hacer nada para empeorar más las cosas.

Ya sólo quedará la soledad del espacio, tan embriagadora y posesiva como la que acompañó a Justine, a lo largo de su existencia, y que Lars von Trier nos cuenta en su última película, ayudado por el excelente trabajo de Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg y Kiefer Sutherland, tres actores capaces de conformar el mosaico de tristeza, soledad y melancolía ideado por Trier.

Melancholia es una película hermosa, dura, desasosegante, brillante en muchas de sus escenas, pero que, algunas veces, cae en la autocomplacencia de un director que gusta de bucear en la psique humana de una forma un tanto críptica. Melancholia también es una película de género, aunque sin grandes efectos, centenares de figurantes y música grandilocuente. Es, solamente, el testamento vital de unas personas indefensas, las cuales están a punto de abandonar su existencia terrenal y, con ello, todos los miedos que han atenazado su vida.

Al final, cuando no hay lugar a dónde ir, lo mejor es quedarse quieto y dejarse llevar, queriendo encontrar esa paz interior que siempre, por una causa o por otra, se nos escapa de entre las manos.

La pregunta que flota en el ambiente cuando las luces se encienden es ¿Qué haría yo si me tocara vivir una experiencia como ésa? Una pregunta que no creo que muchas personas quisieran responder, ni ahora ni nunca. Una pregunta, magníficamente respondida por Lars von Trier, a pesar de todo. Y una respuesta que merece ser vista en una pantalla bien grande y sin que nadie moleste a tu alrededor, salvo la soledad que siempre nos acompaña. 

 
Dejo a su consideración el valorar la tamaña barbaridad que soltó el director de la película durante la rueda de presentación de la película, en la edición del festival de cine de Cannes, afirmación que le supuso la expulsión del certamen y del país en el que se celebra. Su ignorancia y falta de ética para con quienes murieron bajo la bota de la intransigencia nacionalsocialista no debería empañar la validez de una cinta tan sobresaliente como lo es Melancholia aunque cuesta separar una cosa de la otra, por mucho que se intente.
 
 
© Zentropa Entertainments; Memfis Film; Entropa International Sweden; Slot Machine; Liberator Productions; Zentropa International Köln; Film i Väst; Danmarks Radio (DR);  arte France Cinéma & Legion Entertainment, 2014

viernes, 31 de enero de 2014

MPD-PYSCHO


 
Leeré le veredicto. Que se levante el acusado Yôsuke Kobayashi... ¡Se equivoca!. Yo soy Kazuhiko Amamiya...¡¡Cierra el pico, kazuhiko Amamiya!!. ¡¡Ahora soy yo!!... ¡¡Soy Shinji Nishizono!! 
 
Ahora la pregunta sería, con tanto nombre ¿De quién les voy a hablar? De Yôsuke Kobayashi, de Amamiya o de Shinji Nishizono.
Pues la respuesta es simple; de los tres, porque todos son la misma persona. Esto se explica porque el protagonista de esta directa, impactante y, a veces, brutal historia gráfica padece un trastorno de personalidad múltiple.
 
De ahí su título MPD-Psycho: multiple personality detective psycho o, en nuestro idioma, detective psicópata de personalidad múltiple. El calificativo psicópata sirve para definir los comportamientos de, al menos dos de sus personalidades, las cuales afloran cuando la presión exterior y los acontecimientos necesitan de medidas extremas.
Todo comienza cuando el detective Yôsuke Kobayashi se encuentra investigando los asesinatos cometidos por un demente que se divierte descuartizando a sus víctimas. El caso tiene en vilo a la ciudad y al cuerpo de policía. Sin embargo la investigación, lejos de avanzar, se encuentra en un punto muerto que desespera a Kobayashi, empeñado en atrapar a psicópata.
 
Para lo que nadie estaba preparado, y mucho menos Kobayashi, era para el siguiente movimiento del asesino, empeñado en jugar con los responsables del caso, en especial con el detective.
Y qué mejor manera de hacerlo que mandando un regalo. Un regalo de los que no se olvidan. Un regalo de carne y sangre y que, una vez, fue una chica alegre y divertida antes de convertirse en un cuerpo mutilado y que sobrevive para mayor desesperación del detective. Una chica que, antes de caer en manos del psicópata, era la novia de Kobayashi, Chizuko, ahora transformada en un grotesco presente de una mente enferma.
 
El regalo también sella el final de la personalidad de Yôsuke Kobayashi, la cual desaparecerá en beneficio de Amamiya y Nishizono. Éste último será el responsable de terminar con la vida del descuartizador y callar su miserable risa. Por eso, cuando el juez dicta sentencie contra Kobayashi, momento en el que comienza la narración, el acusado afirma que está equivocado y que él es Kazuhiko Amamiya, no Kobayashi.
Diez años después de aquello, la ciudad vuelve a estar asediada por los desmanes de un loco que ha inventado una nueva manera de llenar los jardines de la ciudad. Sus plantas son de una enorme belleza, de no ser por el pequeño detalle que necesitan un cuerpo humano para poder germinar. Para el asesino son sus lindas florecitas, sus macetas humanas de enorme belleza,  mientras que para el resto son abominaciones salidas de una pesadilla desarrollada en el jardín de las delicias de El Bosco.
 
Sin embargo las cosas no acaban ahí. Otra serie de extraños sucesos salpican de sangre, literalmente, cada rincón de la ciudad.
Todos están relacionados con unos códigos de barras impresos en los ojos izquierdo de los implicados en dichos sucesos.
Por ello, la ex-detective Machi Isono, ahora al frente de un centro de investigación criminológica privado, decide contratar a Amamiya, tras abandonar éste la cárcel.
 
Machi había sido, junto con el jefe de policía Sasayama –antiguo superior e Kobayashi- unas de las pocas personas con las que el reo había tenido contacto durante su internamiento. Además, Machi solía acudir a Kobayashi cuando tenía algún caso muy esquivo entre manos, por lo que, al dejar el cuerpo y pasar a trabajar por su cuenta, nadie mejor que Amamiya para ayudarla. Hay más peones en este juego pero la partida sólo acaba de comenzar y queda mucho, mucho por conocer.
Este es el comienzo de la versión gráfica de MPD-Psycho, obra de Sho-u Tajima y Eiji Otsuka, la cual sirve de base para su adaptación en la pantalla –en este caso, para la televisión- y que presentó, años atrás, Jonu Media dentro del sello Jonu Live.
 
Y quien conozca al cine de terror contemporáneo oriental, sabrá que no hay nadie mejor que el genial y trasgresor Takashi Miike para llevar dicha obra a un formato en movimiento.  
 
El realizador, responsable de títulos tan extremos como Audition, Izo o Lesoon of Evil ,  responde a las mil maravillas a los requerimientos necesarios para llevar a las tres dimensiones una obra tan particular como es MPD-Psycho.
En su planteamiento, la serie de televisión parte de las mismas bases que la obra gráfica, dándole rostro y personalidad a los personajes recreados en el manga.
El actor Naoki Hosaka da réplica al detective de personalidad múltiple sobre el que gira toda la trama de MPD-Psycho. Junto a él, las actrices Tomoko Nakajima, en el papel de la investigadora Machi Isono, Rieko Miura, como la dulce Chizuko Honda y Nae –actriz que acaba de protagonizar Cartas desde Iwo Jima- es la encargada de dar la réplica al personaje de Tomoyo Tanabe.
 
 
Los elementos de terror, y casi diríamos que propios del gore, los cuales están presentes en la obra gráfica, son desarrollados con su estilo personal por el director, colocando al espectador al límite de su propia percepción. Aunque quizás, Miike busca combinar su imaginería propia –imágenes difusas, casi sin definición- mezcladas con los cuerpos mutilados y la sangre que va dejando el asesino sobre el que gira la narración televisiva.
Algunos críticos han señalado que MPD-Psycho es la versión japonesa de la obra de David Linch Twin Peaks, la cual supuso introducir una serie de elementos en el pequeña pantalla, hasta entonces reservados para el cine.
Coincido con dicha consideración aunque la obra de Miike no posee el aura poética que destilaba la serie de Linch ni la carga onírica del director americano.
 
Miike, por el contrario, potencia elementos como la vertiente cómica, casi bufonesca del jefe de policía Sasayama y su ayudante Manabe, preocupado éste por reproducir –de la manera más fiel posible y escala- los desvaríos del psicópata que trae de cabeza a las fuerzas del orden.  Con ello se da una sensación de una irrealidad más profunda puesto que, a reglón seguido, nos golpea con una imagen sacada del mismo infierno.
En lo que sí se acercan ambas propuestas es en su interés por llevarnos de un lado a otro, sin que sepamos, realmente, quién se esconde tras los crímenes. Elementos como los códigos de barras que ocultan los ojos de los protagonistas –elemento que ya aparecía en el video Do the evolution del grupo Pearl Jam- son una de las muchas piezas que conforman un rompecabezas, tan endiablado como absorbente.
 
Son seis capítulos que nos llevan hasta las mismas catacumbas de la psique enferma, con elementos propios de los grandes clásicos de la demencia criminal –Jack “el distripador”, Charles Mason o Andrei Chikatilo “el cuidadano-X” y mezclados con series de televisión como X-Files o Millenium.
La diferencia estriba en que el responsable de la serie es un director con unas señas de identidad tan claras como Takashi Miike y eso supone un aliciente para todos aquellos degustadores de este tipo de productos.
Muy, muy recomendable para todos los amantes del género terroríficos y los seguidores de Miike. De todas maneras, la serie no se corta en mostrar algunos aspectos ya bastantes duros de ver en el manga. Por ello, absténgase aquellas personas impresionables a la hora de ver determinados comportamientos y/ o sucesos.
 
 
© Excellent Film; Kadokawa Shoten Publishing Co.; MPD Psycho Project; Pony Canyon; Toskadomain Co. Ltd. & WoWow, 2014

 

jueves, 30 de enero de 2014

Titan A.E.


 
Titan A.E. es una de esas películas que se estrelló contra la intransigencia de quienes son incapaces de ver la animación como una disciplina artística tan válida como lo pueden ser las realizaciones con personajes de carne y hueso.

Dotada de una épica y de un sentido de la aventura que ya quisieran para si muchas producciones de género, Titan A.E recupera parte del sentido de la aventura y la sorpresa que tiñeron muchas de las  producciones de ciencia ficción, en la década de los cincuenta y sesenta del pasado siglo XX.

La historia comienza cuando una belicosa raza alienígena, los Drej, ataca el planeta tierra y obliga a la raza humana a dejar el lugar que durante miles de años ha sido su hogar.

Entre los supervivientes del despiadado ataque se encuentra Cale y su padre, Sam Tucker, un científico responsable del proyecto Titan. Antes del ataque final de los Drej, padre e hijo deberán separarse pero no sin que antes el padre le deje a Cale un anillo como legado, el cual se convertirá, con el paso del tiempo, en la llave para devolver la esperanza a la raza humana.

Quince años después, Cale sobrevive como operario espacial en Tau-14 una de las muchas estaciones orbitales que llenan el espacio, junto con Tex, un alienígena que ejerce de mentor desde la desaparición del padre del joven.

Para Cale, el recuerdo de su padre y del planeta tierra es una sólo una nebulosa en su mente y raramente gusta de recordar aquellos días cuando las cosas eran bien distintas.

Todo cambiará, y de manera radical, cuando Cale se tope con Joseph Korso, capitán de la nave Valkiria, amigo de su padre y empeñado de encontrar el proyecto Titan, perdido desde hace quince años. Sin tiempo para poder pensar la oferta de Korso, por culpa de un grupo de Krej igualmente interesados en el joven, Cale dejará atrás su anodina vida y se enrolará en la nave de Korso junto con una variopinta tripulación compuesta por Preed, Gune, Stith y Akima. La única humana junto con Korso.
 
 
Cuando, tras un periplo que los llevará a conocer a los alados y místico Gaoul y a ser capturados por los Krej, Cale y Akima encuentren la nave esquiva nave Titan, escondida entre los hielos de la nebulosa Andali, ambos entenderán el empeño de los Krej por destruirla, cueste lo que cueste.

Una vez dicho todo esto, es fácil reconocer algunas de la influencias que salpican el guión escrito por Ben Edlund, John Agust y Joss Whedom tales como Star Wars –la figura de Joseph Korso guarda una gran similitud con el pendenciero Han Solo- o Battlestar Galáctica, sobre todo en lo tocante a los malosos de turno –los Krej bien podrían ser primos de los no menos despreciables y beligerantes Cylones.

No obstante, tales similitudes no son óbice para tachar a la película dirigida por Don Bluth, Gary Goldman y Art Vitello como un “refrito de situaciones ya vistas” tal y como algunos sesudos e intransigentes críticos vomitaron durante su estreno.

Cierto es que la película no fue promocionada como debiera, en especial porque Titan AE era y es una producción de animación para adultos –no estuvo pensada para un público infantil-, algo que los distribuidores de países como el nuestro siguen sin entender y, en similar medida, los espectadores.

Sin embargo, tampoco es de recibo que los aficionados al BUEN cine de ciencia ficción, fueran incapaces de ver las virtudes y el sobresaliente trabajo que se escondía tras un proyecto como este.

Hoy en día, y pasada más de una década desde su estreno en el año 2000, Titan AE ha logrado un cierto reconocimiento, sobre todo tras la proliferación de otras películas de animación pensadas para un público adulto, tal y como es el caso de Wall-e, The Ilusionist o The secret of Kells, por citar sólo algunas. Aun así, no suele ser de los títulos que se citan cuando se redacta un artículo de este estilo, en parte por desconocimiento y en parte por los ya mencionados prejuicios hacia el cine de animación.
 
 
Si se animan a verla, les recomiendo la versión especial en DVD de dos discos –hoy por hoy, la mejor versión que se puede encontrar en el mercado- sobre todo por los extras que ofrece y porque hay una versión española con el doblaje en lengua castelana.

Así, de paso, se enterarán de cual es el secreto del anillo que le entregó Sam Tucker a su hijo Cale, nada más empezar la narración y de la estrechez de miras de quienes no ven más allá de sus obesos ombligos.
 
Titan A.E. © David Kirschner Productions; Fox Animation Studios & Twentieth Century Fox Film Corporation, 2014