jueves, 26 de septiembre de 2013

R&A 2013. HABLEMOS DE AMOR Y DE ANARQUÍA CINEMATOGRÁFICAS

El amor humano es anárquico, impulsivo, demencial e irracional. No hay forma de medirlo, ni cuantificarlo, ni tan siquiera controlarlo por mucho que nuestra pisque lo intente, una y otra vez.

Y, si el amor es anárquico, nuestra vida también acabará por contagiarse de esa misma anarquía, la cual nos arrastrará hasta el extremo opuesto al de aquellos que sólo viven por y para seguir unas normas impuestas por su propia incapacidad para evolucionar. Son personas que, si se cruzaran con Barfi, no cesarían en su empeño por querer cambiar el “anárquico” y “peligroso” comportamiento del joven.


Barfi -un joven hindú sordomudo, imbuido del espíritu del genial Buster Keaton, con algunas gotas de la gestualidad de Charles Chaplin- es el personaje principal de la sensacional película del mismo título, dirigida y escrita por el director, guionista, actor y productor Anurag Basu, una película que resume todo el espíritu que motiva a los organizadores del festival internacional de cine de la ciudad de Helsinki, Rakkautta & Anarkiaa, Amor y Anarquía.

Interpretado por el joven actor Ranbir Kapoor, una de las nuevas estrellas del cine de Bollywood, Barfi es contestatario, rebelde, anárquico, apasionado y capaz de hacer cualquier cosa con tal de lograr lo que se ha propuesto. Su empeño por conquistar el corazón de la bella y ciertamente inaccesible Shruti, una joven con una vida organizada de antemano por sus padres, pondrá a prueba todas la dotes de improvisación e inventiva –el amor no sólo es anárquico, sino creativo- del “tataranieto” del Buster Keaton hindú.

Lo que no estaba en los planes de Barfi es que su padre enfermase, y que, para salvarlo, tiene que reunir una gran cantidad de dinero. Para ello, Barfi idea una cantidad de planes, dignos de una película de Roberto Begnini, que, como se puede comprobar, a cada cual es más desastroso. Él le echa ánimo, pero las cosas no salen como él quiere. Por ello, y ante la imperiosa necesidad de recaudar el dinero recurre a un secuestro…
El secuestro, según Barfi, implica sacar a una amiga de su casa y llevársela a la suya. La cosa se complica, dado que su amiga, Jhilmil Chatterjee, es una rica heredera y, a la vez, una joven autista, a quien solo su abuelo, y Barfi, entienden.  De aquel encuentro, motivado por la necesidad y disfrazado de torpe y feliniano intento de secuestro nacerá, luego, una relación que marcará la vida de Barfi y de aquellos que le rodean, por y para siempre.


Y, ¿qué decir de la contestaría Beatrice y el no menos rebelde Benedict, quintaesencia del soltero inmovilista e incapaz de ceder un milímetros de sus monolíticas convicciones? Ambos son, sobre el papel, la antítesis de lo que debería ser una pareja; es decir, obstinados, respondones, radicales, extremos y anárquicos. Nunca dan su brazo a torcer y su miedo a cualquier compromiso los sitúa en las antípodas del entendimiento.
Sin embargo, todos esos mismos defectos los hacen merecedores, no sólo del empeño de quienes les rodean por emparejarlos, especialmente Don Pedro, Leonardo y Claudio, sino que casi les obligan a entenderse porque, si no ¿quién más lo hará?

Luego están los dimes y diretes que rodean la platónica e inocente relación entre Hero, hija de Leonardo y Claudio, emponzoñada, ésta, por el bastardo Don John y sus secuaces, amén de la anarquía misma que rodea las relaciones entre los seres humanos, por muy honestas que éstas puedan llegar a ser.
Una vez que la noche deje pasar al sol de la mañana, y Dogberry y Verges acudan a dar cuenta de su labor, la verdad y el amor ocultarán la anarquía que invadió y poseyó los corazones de quienes olvidaron que hay que preguntar antes de juzgar, y que los celos son la peor de las enseñanzas, por no decir la única enseñanza a la que NUNCA se le debe hacer caso.

William Shakespeare escribió Much Ado About Nothing entre 1598 y 1599 y es, para muchos, la mejor comedia del genial escritor británico. Ahora, cuatro siglos después, el director y guionista Joss Whedon traslada la trama de esta historia atemporal hasta nuestros días, en blanco y negro y con buena parte de los actores con los que habitualmente trabaja. 
Su puesta en escena, en medio de una mansión cualquiera de los Estados Unidos de América, con personajes vestidos como cualquiera de nosotros, pero recitando un texto escrito en el siglo XVI, demuestra la intemporalidad, genialidad y brillantez del trabajo de William Shakespeare. Poco importa que Don Pedro luzca un traje de chaqueta y no el atuendo propio de un príncipe de antaño, aunque ahora los príncipes vistan de esa guisa.
Y poco importa que ahora los soldados lleven sus armas debajo del hombro y no en el cinturón y que los padres de las novias no monten recios corceles, sino vayan en suntuosas limusinas. Las pasiones humanas son las mismas que antes, al igual que los ya mencionados celos y la incapacidad para encontrar la felicidad.  

Esa misma incapacidad para ser feliz es la que rodea la vida de Elena, una joven brasileña que, como tantas otras jóvenes, decidió probar suerte en la “Gran Manzana” y poner todo de su parte, con tal de llegar a ser la actriz que siempre había querido ser. Al igual que ocurre en cualquier historia de estas características, la pasión, la entrega y la anarquía que rodea toda aventura de esta índole dejará paso a la cruda y dura realidad, cargada de soledad, desesperación y tristeza, elementos que, por sí solos, acabaron por firmar la sentencia de muerte de la joven, con apenas veinte años de vida sobre el planeta.

Dos décadas después, su hermana, Petra Costa –impulsora de todo el proyecto-, le escribe a Elena, en forma documental, una carta visual de sus recuerdos, sus vivencias y aquellos sentimientos que la rodearon, antes y después de su muerte. Elena es algo más que un documental sobre el sentimiento de pérdida que ha acompañado la vida de una hermana pequeña que nunca ha dejado de añorar a su hermana mayor. Es un instante en la vida de una persona que podrán entender personas de cualquier lugar del mundo, sin importar qué barreras nos separen, dada la enorme sinceridad con la que está contada.


Una sinceridad que también embarga la vida de Sarah Polley, actriz canadiense que, con su película Stories we tell, nos cuenta cómo fue la vida de sus padres, antes y después de nacer ella. La labor de introspección a la que somete la joven actriz y directora a su padre, Michael Polley, y al resto de su familia y amigos nos llevarán hasta una época en la que la vida funcionaba de otra forma y en la que los secretos eran moneda de cambio entre muchas parejas que debían vivir tiempo separadas, por una u otra razón. La virtud de Sarah Polley es la de no tomar partido, sino dejar que cada uno de los protagonistas cuente su historia, tal y como sucedió, aunque ello le suponga describir una realidad tiempo atrás silenciada.

Stories we tell es como Il Futuro, película de la directora Alicia Scherson, en la que una joven recuerda aquellas cosas que hizo cuando era tan sólo una adolescente, obligada a crecer, de maneras abrupta, sin tiempo para poder asimilarlo.
Bianca deberá aceptar el compromiso de cuidar de su hermano, Tomás, mantener a flote su casa y encontrar su lugar en el mundo, en este mundo tan global e impersonal, que premia a los corruptos y castiga a quienes desean hacer las cosas según las reglas establecidas.


En medio de su búsqueda, Bianca seducirá por encargo a un veterano actor de péplum, ciego y apartado del mundo, con tal de sacar una buena recompensa de todo aquello. Lo que ninguno de los dos protagonistas podía pensar, sobre todo Maciste –muy bien interpretado por un igualmente veterano Rutger Hauer- es que aquel encuentro le haría cambiar buena parte de la percepción que ambos tenían de sus vidas, tanto para bien como para mal. Si para Bianca, el actor asumirá el papel del padre fallecido, además de amante y confidente, para quien un día fuera Mister Universo y la imagen heroica de un musculoso galán del cine, vencedor de mil batallas, Bianca es un rescoldo de esperanza y humanidad en medio de una existencia vacía y sin motivaciones.

Ambos son huérfanos, cada uno a su modo, de igual forma que lo es Miele, una joven que se gana “la vida” ayudando a los demás a morir de forma digna, en la película Miele. Irene -el personaje interpretado por Jasmine Trinca, en la primera película dirigida y escrita por Valeria Golino- está empeñada en lograr que, quienes no tienen esperanza en este mundo, encuentren un modo de abandonarlo de manera digna. Es más, sus clientes son todos enfermos terminales. La cosa se complica cuando Miele, su nombre de ángel de la muerte, se cruce con el cínico y derrotado arquitecto Carlo Grimaldi, interpretado por Carlo Cecchi, cansado de vivir entre las mismas mentiras de siempre y que, por extraño que pueda parecer, le devuelve el interés por vivir a una Irene que parece, en algunos momentos, tan terminal, como sus propios clientes.


Quizás si Miele, se hubiera encontrado con la tienda del señor Mishima, en la película The Suicide Shop, la joven hubiese decidido acabar con su vida, más si se tiene en cuenta la precisa, jovial y profesional verborrea del vendedor, capaz de convencerte de cuál cuerda uno debe elegir si se quiere ahorcar como es debido.
Luego están sus depresivos hijos, Marilyn y Vincent –en memoria de la bella y atormentada Marilyn Monroe y el no menos depresivo Van Gogh- y su aplicada y comerciante esposa. Y es que, la familia que ayuda a los demás a dejar este oscuro y triste mundo, seguro que permanece siempre unida y… Y eso, unida, porque la palabra felicidad NO se puede utilizar en presencia del señor Mishima.


El caso es que ya se sabe que siempre hay una manzana de la discordia, aquella que encharca las situaciones y nos devuelve a la cruda realidad, por luminosa y estridente que ésta pueda llegar a ser. Y si no que se lo digan a Alan, el niño que pondrá a todos patas arriba, sin remisión de causa, ni derecho a reclamar. ¡Vaya desastre! ¡La tienda número uno en asesorar a quien se quiera suicidar, transformada en…! ¿Dónde iremos a parar cuando estemos depres..?

Pregúntenselo al director, guionista y perpetrador de esta ácida y lúcida crítica animada, colocada como reflejo de la realidad actual, y eso que no aparece ninguna entidad bancaria por los alrededores que si no, verían lo que es bueno.

Y de tiendas especializadas en suicidios a empresas especializadas en viajes al pasado, espacios temáticos y lugares que deberían recordar, por ejemplo, las novelas de Jane Austen y no un folletín del siglo XIX, en la película Austenland.


Austenland era el sueño que siempre soñó Jane Hayes, un lugar en el que poder ser un personaje de una novela de su admirada Jane Austen y en primera persona. Dicho y hecho. Vestida como una dama de aquella época, en medio de una mansión inglesa de aquellos días y con personas que hablaban y se comportaban de la misma forma, la protagonista se dará cuenta de cuán equivocada estaba. Y es que, cuando lo que antes era maravilloso, ahora, es un horror, chabacano, irreal y falso.

¿Decepción en vez de amor? ¿Anarquía sin posibilidad de redención?... Todo lo contrario. Jane es una mujer del siglo XXI y, a buen seguro que Jane Austen se hubiese sentido orgullosa por cómo supo manejar toda la situación, por imposible que esto pudiera parecer, tal y como nos cuenta Jerusha Hess, directora de esta película.

¿Qué más?


Todavía queda festival y más cosas que contar. En breve seguiré con mi relato, anárquico y disparatado, pero no exento de cierta coherencia, como toda buena historia, del festival internacional de cine de la ciudad de Helsinki, Rakkautta & Anarkiaa, Amor y Anarquía.  


© UTV Motion Pictures, 2013
© Bellwether Pictures, 2013
© Eye on Films, 2013
© Movimento Film; Jirafa; Pandora Films; La Ventura; Astronauta Films; Jaleo Films, 2013
© Buena Onda; Les Films des Tournelles, 2013
© ARP Sélection; Caramel Film; Diabolo Films; Entre Chien et Loup; Kaibou Productions; La Petite Reine, 2013
© Fickle Fish Films; Moxie Pictures, 2013
  

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