domingo, 20 de octubre de 2013

CINEMAISSÍ 2013




Hay momentos en los que me pregunto por qué en un mundo como el nuestro, donde cada vez las personas van más a lo suyo, olvidándose del resto de sus semejantes, hay individuos que se empeñan en llevar la contraria y dedicarse a mostrarnos aquello que, normalmente, nos suele pasar desapercibido.

De alguna forma, vienen a ser como pequeños discípulos del celebérrimo detective Sherlock Holmes, quienes, como es el caso de los responsables del festival de cine Cinemaissí, ocupan buena parte de su tiempo en traernos hasta este lejano país del norte de Europa una sobresaliente muestra del séptimo arte latinoamericano.

Este año Cinemaissí se ha transmutado, además, en un evento cultural de tres semanas de duración, donde se han podido disfrutar de seminarios acerca de la inmigración, de proyecciones especiales en donde se recogen las transformaciones de la sociedad brasileña, los derechos de las minorías de la Amazonia, o la identidad de género, además de una nueva edición de Cinemaissíto.
Cinemaissíto, la edición para los más pequeños de este festival, contó con talleres gratuitos para aprender a bailar, cantar, hacer juguetes, escribir historia y construir piñatas.

Si nos ceñimos al festival cinematográfico propiamente dicho, evento que cubrí desde el primer día, la variedad temática y la riqueza de sus contenidos volvió a ser la piedra angular de la programación.



De entre todas las películas que se proyectaron, El Premio, película escrita y dirigida por Paula Markovitch, es quizás la que mejor representa el pasado y el presente de buena parte de los habitantes que han sufrido las esperpénticas dictaduras militares del pasado siglo XX. 
El miedo, la incomunicación, la inseguridad y la falta de equilibrio personal que sufre la madre de Cecilia, la niña protagonista de esta película, son una parábola de esa inseguridad perpetua que parece sobrevolar el destino de todos estos países. Cecilia, una niña de siete años, inteligente y despierta, ejemplifica a esa víctima inocente que, por la demencia y el ansia de poder de los milicos de siempre, debe vivir una vida apartada, semi-clandestina y sin una figura paterna que le ayude a madurar, tal y como le ha sucedido a muchos otros niños de Latinoamérica. La película de Paula Markovitch es dura, a ratos, difícil de asimilar, impregnada de esa tristeza que, aún hoy, llena la mente y el espíritu de millones y millones de personas que vieron cómo las balas disparadas por el demente de turno cercenaban cualquier esperanza de llevar una vida digna y libre.



Esto mismo se le puede aplicar a José Crisanto, un don nadie inmerso en el sinsentido de la Colombia actual, la cual trata de sobrevivir entre paramilitares, milicos, paracas, traficantes, guerrilleros, políticos corruptos y fauna de toda índole. Operación E demuestra, para empezar, lo que me dijo hace tres años en este mismo festival la realizadora colombiana Adela Manotas, que la guerrilla colombiana, la FARC, son monos en la jungla, personas que hace mucho tiempo que olvidaron sus ideales revolucionarios y se han convertido en una fuerza paramilitar, que se financia a base del tráfico de drogas.
Después están los funcionarios gubernamentales, que, como suele ser habitual, no solo no hacen bien su trabajo, sino más bien todo lo contrario. Y luego encontramos a quienes, desde sus flamantes cargos políticos, utilizan cualquier excusa para crear un conflicto internacional, en este caso a costa de un niño pequeño llamado Emmanuel, hijo de Clara Rojas, la misma fiscal colombiana que fuera rehén de los guerrilleros de la  FARC.

Al final, las verdaderas víctimas de todo son los miembros de la familia de José Crisanto, quienes acaban mendigando en las calles de Bogotá, mientras él ve la vida a través de los barrotes de una celda sin saber la razón de su detención.
El trabajo de Luis Tosar en el papel de José Crisanto es, sin duda alguna, uno de los mayores alicientes para sentarse a ver una película tan dura, pero bien resulta como lo es la obra de Miguel Courtois, Operación E.
Lo más triste de todo es que esta kafkiana situación se sigue repitiendo un día tras otro en la mayoría de los países de Latinoamérica, sin que nada, ni nadie ponga solución a este problema, porque no se trata de expedientes, ni de asuntos burocráticos, sino de la vida de las personas que viven allí.



Kafkiana es también la historia que nos cuenta el guionista y director Gabriel Guzmán S. en la película Hecho en China. ¿Cómo resumir las peripecias de un cincuentón obsesivo y casi compulsivo, dueño de un restaurante chino en la ciudad de Tijuana, quien acude a la boda de un antiguo amor con un polizón en el maletero del coche? Pues de la misma disparatada forma que nos cuenta la película; es decir, por medio de las vivencias de Marcos, el dueño del restaurante, y Berto, el polizón, personajes antagónicos a primera vista, pero que tienen muchas más cosas en común de lo que ellos se creen.

Hecho en China no solo es una reflexión sobre el choque generacional, sino sobre la soledad, el desamparo y los problemas de buena parte de la sociedad mejicana, cuya única esperanza es huir hacia la tierra prometida, Estados Unidos, aunque ésta no esté muy por la labor de acogerlos. Además, la película demuestra que todo el mundo tiene derecho a una segunda e, incluso, a una tercera oportunidad, siempre y cuando deje atrás sus temores, sus inseguridades y su miedo al fracaso, algo con lo que hay que aprender a vivir, no huir de ello.



Esto mismo se le puede aplicar a Juan, el protagonista de la película cubana Juan de los muertos. Descacharrante visión de las películas de zombis, esta película, escrita y dirigida por Alejandro Brugués, convierte la pacífica y aplatanada ciudad de La Habana en un dantesco y terrorífico escenario, el cual es arrasado por una horda de zombis hambrientos.

Como no podía ser de otra forma, la idiosincrasia cubana, su picaresca, su estructura social y su forma de entender la vida marcan la pauta de Juan y su grupo de cazadores de zombis, los cuales ayudan a su compatriota a acabar con sus seres queridos, eso sí, por un módico precio. Lo que no estaba en los planes de Juan, acostumbrado a vivir con lo justito y sin molestarse mucho, es que se acabaría convirtiendo no solo en el héroe de la película, sino en un padre responsable, dispuesto a sacrificarse por el bien de su hija.



Quien tampoco estaba preparada para sobrevivir en el competitivo y falso mundo profesional actual era Ángela, una apocada e ingenua chica colombiana, que trabaja en un centro de atención al cliente telefónico en la ciudad de Bogotá, en la película El Call. Este mediometraje de la directora, guionista y productora Giselle Geney es un fresco, muy fresco, de la realidad de los teleoperadores latinoamericanos que trabajan para compañías de cualquier parte del mundo, incluyendo España. Los modos, las maneras, la mala praxis empresarial, las mentiras y las triquiñuelas para no atender a los clientes se ponen de manifiesto en los sensacionales treinta y tres minutos dirigidos por Giselle Geney y magníficamente interpretados por Mónica Chávez, la voluntariosa Ángela, quien descubre que, en este trabajo, lo que no se puede es hacer BIEN las cosas.

Mucho antes que Ángela, quien debió aprender que las cosas son como son y que, para cambiarlas, hay que dejarse la piel en el camino, fue Luiz Inácio da Silva, más conocido como Lula, quien fuera presidente de Brasil.



Lula, filho de Brasil, dirigida por Fábio Barreto, recoge los primeros treinta y cinco años de la vida de un niño nacido en 1945, en los suburbios de Pernambuco, abandonado por su padre y criado por una madre que debía hacer frente a la dura tarea de criar a siete hijos. Lula siempre fue un niño tremendamente inteligente, serio, trabajador y cumplidor, quizás distante, pero amigo de sus amigos, y que, llegado el momento, cambió una vida ciertamente triste tras perder a su mujer y a su hijo recién nacido por la lucha sindical, causa que le llevó a convertirse en un símbolo para la clase obrera de su país. Aún hoy se discute el alcance de los cambios comenzados por Lula y ahora desarrollados por su sucesora, Dilma Rouseff.



Uno de esos cambios que está transformando la sociedad brasileña se cuenta en el documental de Cadu Barcellos y Luciano Vidagal 5 X Pacificação. El documental nos cuenta, con el lenguaje de las favelas y las personas que viven dentro de ellas, los cambios acontecidos en sus vidas y en dicho escenario desde la llegada de las unidades de policía pacificadora, UPP. Son cinco puntos de vista compuestos por los habitantes, la policía, el gobierno, los ex-traficantes que buscan reintegrarse en la sociedad, y quienes ven las favelas desde fuera. Cada punto de vista es igualmente válido, con sus pros y sus contras, y, aunque todos los cambios son lentos, la realidad es que las favelas se están transformando, en muchos casos para bien.
La idea es dar la mejor imagen posible cara al Mundial de Fútbol del año 2014, aunque lo deseable sería que los cambios llegasen para quedarse, algo que solo el tiempo lo dirá.



Dejo para el final una película, Mía, un cuento de hadas imposible entre una transexual que vive de recoger cartones y de prostituirse, una niña que ha perdido a su madre y un marido que ha perdido a su mujer y a punto está de perder el amor de su hija, escrito y dirigido por Javier Van de Couter, la cual en palabras del director del festival, Jaime Potenze, ha supuesto la mayoría de edad del encuentro cinematográfico. Personalmente, creo que el festival no ha hecho otra cosa que crecer en los tres años que llevo asistiendo, aunque sí que es cierto que su nivel de compromiso para con la realidad de Latinoamérica ha crecido de una forma exponencial en esta edición.

Contar con Camila Sosa Villada, la actriz protagonista de Mía nos ha dado la oportunidad de conocer de primera mano la realidad de quienes han sido discriminados por decidir cuál era su sexo real, no el que le vino impuesto por un capricho genético. Puede que en mi caso personal yo viera, desde el principio, a Camila como una mujer y dejara la etiqueta de transexual para quienes tanto disfrutan etiquetándonos a todos, sin ser capaces de discernir quién se esconde tras esa etiqueta.

Otra cosa bien distinta es el caso de Manuel, el padre de Julia, quien, a pesar del bien que le hace la relación de la niña con Ale, el personaje interpretado por Camila Sosa Villada, es incapaz de librarse de los prejuicios y ver a Ale como una persona, no como alguien a medio hacer. De ahí que Mía refleje perfectamente esos problemas de identidad de género que impiden que las personas acepten a los demás tal y como son, dejando a un lado las etiquetas antes comentadas.

A pesar de todo, Mía es una película tremendamente hermosa, triste y amarga, pero impregnada de un lirismo visual, logrado en buena parte por el buen hacer de Camila Sosa, que, aunque me confesó que si ahora volviera a hacer la película cambiaría buena parte de su actuación,  borda el papel de Ale.

Imagino que por la temática de la película y por leer su biografía fue por lo que solicité entrevistar a Camila Sosa Villada, decisión de la que no solo no me arrepiento, sino de la que estoy enormemente satisfecho de haber tomado. Hablar con ella me dio la oportunidad de compartir espacio y tiempo con quien sabe muy bien quién es, quién fue, qué ha vivido y qué le gustaría hacer en los años venideros, sin caer en los artificios tan del gusto de la farándula.

Además, la entrevista con Camila Sosa Villada me demostró que Cinemaissí es un festival que tiene un tempo propio y unas costumbres que raramente se ven en un encuentro cinematográfico, cosa que lo hace personal e intransferible. En otra circunstancia me hubiese molestado que me hubieran interrumpido cinco veces durante la entrevista, pero este festival se ha convertido en un punto de encuentro en donde no vas a trabajar, sino a compartir experiencias y vivencias. Un lugar donde te encuentras con personas que conoces, donde conoces a otras personas, donde tienes la oportunidad de hablar tu idioma en un país que habla otro, y en donde todo el mundo, ya sea el director o un voluntario cualquiera, trata de hacerte la estancia lo más agradable posible, algo que, como están las cosas, vale más que un potosí, expresión que se usaba en los años 40 y 50 del siglo pasado. Por ello, me gustaría creer que el próximo año Cinemaissí celebrará con el mismo espíritu, pero con orgullo, su décimo aniversario, más si se tiene en cuenta el éxito de público y el buen hacer de sus responsables.

Por último, quiero dar las gracias a Sonja y Jaime Potenze, Carlos Marroquín, Sofía Déniz, Lea Pakkanen, Noora Maijala, Hugo Jiménez y Sophie la cordialidad y el trato recibido durante todos y cada uno de los días del festival.   

 Imágenes
© Cinemaissí, 2013
©Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (FOPROCINE); IZ Films; Kung Works; Mille et Une Productions; NiKo Film; Staron Film, 2013
© A.J.O.Z. Films; Canal Plus; Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA); Televisión Española (TVE); Tormenta Films; ZircoZine, 2013
© Canal 22 Televisión Metropolitana; IMAGYX Entertainment; Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), 2013
© La Zanfoña Producciones; Producciones de la 5ta Avenida, 2013
© Luiz Carlos Barreto Produções Cinematográficas, 2013
© Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), 2013





sábado, 12 de octubre de 2013

RESEÑAS INÉDITAS: EL GIGANTE DE HIERRO Y EL CABALLERO DEL DIABLO.

Durante la pasada edición del Gran Canaria Comicfest, me pidieron que escribiera las reseñas de las tres películas que se proyectarían durante el evento, reseñas que luego formarían parte de la información que ofrecería la página web del encuentro. Por una razón u otra, dichas reseñas nunca se llegaron a publicar, y de ahí que haya decidido rescatar dos de ellas, dado que ambas películas son muy recomendables.


Sin más, les dejo con El Gigante de Hierro y El Caballero del Diablo



¿Quién de pequeño no ha querido tener un robot que haga todo lo que uno quisiera? Imagino que habrá opiniones para todos los gustos, pero en el caso de Hogarth Hughes, un independiente y aventurero niño de nueve años, huérfano de padre, encontrarse con un enorme y alucinante robot llegado desde el espacio , va más allá de un sueño hecho realidad.

Claro que no estamos hablando de un robot tamaño R2D2, sino de una enorme mole de acero, la cual no tarda mucho en despertar las sospechas y los recelos de los paranoicos habituales que pululaban en la sociedad estadounidense de los años 50 del pasado siglo XX. De ahí que Hogarth y su nuevo amigo se vean envueltos en una persecución por parte del ejército norteamericano, empeñado en demostrar su poderío nuclear contra una amenaza que solo existe en sus oxidadas cabezas.

Tal y como termina siendo habitual, la megalomanía de quienes disfrutan destruyendo todo aquello que no entienden acaba por cobrarse víctimas, que poco o nada tenían que ver con la histeria desatada.

The Iron Giant, título de la película original, está basada en la novela The Iron Man, escrita en el 1968 por Ted Hughes y pone de relieve muchas de las incongruencias y la paranoia que dominó buena parte del mundo durante varias décadas, especialmente los años 50 y 60 del pasado siglo XX. Además, la película pasa por ser una de las mejores propuestas animadas de cuantas se han estrenado en los últimos quince años, a pesar de que el público general la ignoró de una forma ignominiosa.




A finales de los años ochenta del pasado siglo XX, la cadena de televisión por cable HBO estrenó una serie de televisión basada en las colecciones de terror y suspense de la editorial E.C. bajo el título Tales from the Cript en EE.UU, e Historias de la cripta en España. La serie, bastante fiel al original gráfico, y con una buena dosis de violencia, sexo y humor ácido, se prolongó durante 93 episodios, a lo largo de siete temporadas. Durante ese tiempo, actores de la talla de Daniel Craig, Benicio del Toro, Ewan McGregor, Demi Moore y Martin Sheen, por citar algunos, trabajaron a las órdenes de directores tan conocidos como Richard Donner, Robert Zemeckies, Walter Hill, Tobe Hooper, Tom Hanks o Arnold Schwarzenegger.

En 1995, la serie dio el salto a la gran pantalla con la primera de la que iba a ser una trilogía cinematográfica; es decir, Historias de la cripta: Caballero del diablo. Lamentablemente, esa trilogía nunca se llegó a realizar como estaba previsto en un principio.

Historias de la cripta: Caballero del diablo es, al revés de lo que ocurría en la serie de televisión, una historia que tiene muy poco que ver con las tramas de las series gráficas de la editorial E.C. Aun así, su argumento te engancha desde el principio no solo por el ritmo que le sabe imprimir su director, Ernest Dickerson, sino por lo bien resueltas que están las situaciones por parte de los actores protagonistas.

En cuanto a los protagonistas, éstos son Billy Zane, William Sadler y una joven Jada Pinkett Smith, quien da la réplica a estos dos actores que, también, bordan sus antagónicos papeles, los cuales representan al bien y el mal.

En la película hay demonios y seres poseídos, pesadillas, desmembramientos, sangre por doquier y una clarísima referencia bíblica, excusa argumental sobre la que se sostiene toda la trama y que la sitúa un paso por delante de la fuente original.

Historias de la cripta: Caballero del diablo fue una película que, en su día, pasó muy desapercibida y que merece ser rescatada no solo por el homenaje que brinda a la editorial E.C., la fuente original, sino por ser una producción de género más que recomendable, digna de ser tenida en cuenta.

© Warner Bros. Feature Animation & Warner Bros. Family Entertainment, 2013 
© HBO, 2013

domingo, 6 de octubre de 2013

De camino a Nighst Visions Maximum Halloween 2013: LESSON OF EVIL -AKU NO KYOTEN


¿Cuál es la definición de un monstruo y/ o monstruosidad? La primera definición del Diccionario de la Real Academia es: Producción contra el orden regular de la naturaleza. Otra definición sería Persona muy cruel o perversa. Si nos ceñimos a monstruosidad, una primera  definición sería Desorden grave en la proporción que deben tener las cosas, según lo natural o regular, mientras que una segunda vendría a decir lo siguiente, Suma fealdad o desproporción en lo físico o en lo moral.

Ahora volvamos al mundo real y pensemos qué o quién responde a dichas señas de identidad, ya sean éstos seres reales o inventados por alguna psique desbocada, en medio de una noche de tormenta. Sin pensar mucho, se me vienen a la mente creaciones de pesadilla embutidas en oscuros y pesados ropajes, príncipes sedientos de venganza, y criaturas de la noche en busca de víctimas que desgarrar para calmar su ansia de sangre.

Sin embargo, dicho seres, actualizados con los miedos y las pesadillas de cada nuevo siglo que empieza, no son nada si se los comparara con los verdaderos monstruos que han pululado y aun lo hacen por esta decrépita y esperpéntica caricatura de sociedad humana. Esos monstruos no necesitan asaltarnos mientras dormimos, sino que nos persiguen, torturan y asesinan  mientras tratamos de cerrar, en vano, nuestros ojos para no ver sus caras de psicópatas desbocados frente a nosotros.

Son monstruos que un día nacieron de un padre y una madre, como cualquiera de nosotros, pero que, llegado el momento, dejaron aflorar esa vena perversa y demoniaca que tiene todos ser humano sin necesidad de ser el vástago del señor de los avernos infernales.

Su legado se escribe con la sangre de sus víctimas, en algunos casos, sólo unas pocas, pero muy señaladas, tal y como es el caso de Charles Milles Manson y sus dementes seguidores, quien desgarraron el cuerpo de Sharon Tate y su hijo no nacido. Otros fueron sembrando su demente singladura con los cuerpos de niños, jóvenes y adultos -53 víctimas confirmadas y 56 atribuidas-, durante más de una década, tal y como es el caso de Andrei Chikatilo, el mayor asesino en serie de la historia de la Unión Soviética.



También están los que buscaban pasar a la posteridad y/ o vengarse de quienes les habían agraviado/ vejado y ninguneado, tal y como fue el caso de Eric David Harris y Dylan Bennett Klebold –los adolescentes responsables de la masacre en el instituto Columbine- o Alan Lamza, responsable de asesinar a veinte niños en la escuela elemental Sandy Hook, hace tan sólo unos meses.

Y por último están quienes no se conformaban con matar a una docena, medio centenar o varios centenares, sino que ansiaban el “más difícil todavía” o, lo que es lo mismo, alcanzar el calificativo de genocidas con mayúsculas. Dos ejemplos muy elocuentes de esto último son Rudolf Höss, SS Obersturmbannführer y director del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, y Otto Adolf Eichmann, también SS-Obersturmbannführer y uno de los principales ideólogos de la llamada “Solución final para el problema judío” (Endlösung der Judenfrage) quien acuño dicho término para la posteridad.

Ambos, son la prueba viviente de cómo un ser humano puede ser más sádico, depravado, amoral y monstruoso que la suma completa de todos los monstruos creados por el imaginario literario desde que el hombre empezó a escribir sobre una superficie cualquiera.

Y todos juntos o, por lo menos, algunos de sus elementos más sobresalientes conforman la psique y la motivación del último demente asesino -Psycho-killer cinematográfico- en toda la inmensidad de una pantalla grande, Seiji Hasumi, protagonista principal del último delirio visual rodado por Takashi Miike.

Seiji Hasumi es el profesor perfecto en todos los sentidos; es decir, inteligente, ameno, divertido, cercano, atento, educado, cortés y siempre preocupado por sus alumnos y lo que a estos les pudiera suceder. Su celo va más allá de las paredes del centro en el que imparte clases, de ahí que no dudará en interponerse en el camino de quienes traten de abusar de algún modo de cualquiera de sus alumnos, sin detenerse en si dicha persona es un compañero de trabajo y/ o un acomodado residente de la localidad.

Con tales señas de identidad nadie, ni siquiera el más suspicaz, podría llegar a sospechar que tras su perfecta sonrisa y su no menos perfecta apariencia de persona franca y legal se esconde un demente amoral que sufre infringiendo el dolor y el sufrimiento a quienes lo rodean.

Su estela de cadáveres empezó siendo un adolescente, siendo sus padres sus primeras víctimas. Después le tocaría el turno a su compañero norteamericano de universidad, otro ser igualmente depravado y demente que acabaría abrasado ante la extasiada mirada de Hasumi. Más tarde serían los alumnos de otro instituto –suceso tachado de suicidio colectivo de adolescentes- escalón que le sirvió para darse cuenta de que su futuro pasaba por la enseñanza.



Claro está que el tema del suicidio en masa, problema real que ha sacudido a Japón en más de una ocasión, no resultaba tan atractivo como la primera vez y… pensando, pensado, al modélico profesor se le ocurrió la solución: ¿Y si reinvento la masacre de Columbine, pero en un instituto cerrado, de noche y sin posibilidad alguna de escapar y/ o pedir ayuda? Con mi experiencia, aplomo y seguridad, no caería en las carencias y defectos de Eric David Harris y Dylan Bennett Klebold, sino que me asemejaría  más a las tropas de asalto nazis, durante la destrucción y exterminio de los habitantes del Ghetto de Varsovia en 1943.

Con la idea en la cabeza, una melodía que tatarear –the Ballad of Mack the Knife- y una buena provisión de cartuchos de caza para su fusil, sólo era cuestión de tiempo y entrega por parte de Hasumi, todo un maestro en el arte de cazar a sus indefensos estudiantes, lograr que su empresa llegara a un buen puerto.
La sangre, los gritos de terror y el atronador sonido del fusil en un espacio cerrado son gajes del oficio, pensará el entregado profesor, inconvenientes que se remedian con unos buenos tapones, un chubasquero y un paseo por el campo a la luz de estrellas.

¿No me creen?.... Pues esto y algunas cosas más es Lesson of Evil, Aku No Kyôten, vuelta de tuerca nipona sobre la imaginería del asesino en serie, amante de cometer sus crímenes en un espacio público, con víctimas adolescentes y sin ninguna traba moral que se lo impida.

Seiji Hasumi representa a un Adam Lamza adulto, con la amoralidad de un Charles Manson, el encanto de Adolf Eichmann y el sadismo y sed de sangre de Andrei Chiikatilo. Además, como cualquier enajenado mental, Hasumi también tiene sus delirios mitológicos y/ o divinos, y un sentido del humor importado de una serie como Dexter, delirio televisivo protagonizado por otro pyscho-killer como Hasumi.



¿Y el resultado? Otro exceso visual, auditivo, expresivo y demencial, cortesía del director, guionista y agitador profesional japonés que responde al nombre de Takashi Miike.

Lesson of Evil es una película perversa, porque te obliga a ser partícipe de una matanza fría, dura, sádica y descarnada, sin que el espectador pueda hacer nada por impedirlo. Es lo mismo que si te sentaran en una butaca a ver, por la mirilla de las cámaras de gas, como las cápsulas del gas Zyklon B acababan con la vida de quienes llegaban hasta el campo de concentración de  Auschwitz-Birkenau. Sin embargo, esta frialdad, no exenta de un sentido del humor muy, muy negro, surrealista y delirante en algunos momentos, no es óbice para que el director nos muestre su versión de lo que es, en realidad, su definición de la palabra monstruo, en grande y con letras luminosas.

Monstruos que cada poco tiempo deciden aflorar y asolar un centro comercial, un colegio o un supermercado. Monstruos que se esconden detrás de leyes que les permiten llevar fusiles de asalto y granadas anti-carro como si se tratara de caramelos y serpentinas. Monstruos que nuestra sociedad crea y luego suelta, sin reparar en las consecuencias de tales actos.

Seiji Hasumi, al igual que Adolf Eichmann, Rudolf Höss o Andrei Chikatilo no conoce las palabras remordimiento, pena o culpa.  Son seres que no necesitan dichas barreras morales para poder vivir, sino todo lo contrario. El problema viene cuando una sociedad prefiere crear esos monstruos antes que buscar soluciones para prevenirlos y es, entonces, cuando acaba pasando lo que acaba pasando.

Seguro que si pudiéramos hablar con Takashi Miike, éste, después de convencernos que todo aquello que acabábamos de ver era sólo una película, a reglón seguido se nos quedaría mirando y nos diría…  ¿Sabes una cosa? Los monstruos existen y son como tú y como yo, no lo olvides. Y si algún día te encuentras con uno de ellos, sólo tendrás tiempo de gritar y, quizás, de correr unos pasos antes de morir.



Ahora sólo queda saber si todos ustedes serán capaces, cuando la película llegue a nuestro país, durante el próximo festival de cine fantástico de Sitges 2013, de ir a verla. Yo la vi y disfruté en el festival de cine de terror de Helsinki –Night Visions Back to Basics 2013- y no me arrepiento. Aun me resuenan los oídos por los disparos de Hasumi, pero, como todo, se me pasará.

El resto, como es costumbre, corre por cuenta suya…

©Bungeishunju; Dentsu; Nippon Shuppan Hanbai (Nippan) K.K.; OLM; Oriental Light and Magic; Toho Company, 2013
© Asylum Films; Citadel Entertainment; Home Box Office (HBO), 2013 






viernes, 4 de octubre de 2013

De camino a Night Visions MH 2013:FRANKENSTEIN´S ARMY


Hay historias, mitos, leyendas que se perpetúan en el tiempo, no importa el lugar, el idioma o la cultura propia de cada territorio. Son historias que nos cuentan, sin tener que soportar las trabas de la sociedad bien pensante, los deseos y los anhelos que ambiciona el ser humano, aunque ninguno de ellos se pueda llegar a cumplir o, por lo menos, de la forma en la que quisiéramos.

Uno de esos deseos -largamente ambicionado por todo aquel que haya nacido sobre la faz de este planeta- tiene que ver con la búsqueda, casi diría que desesperada, en algunos casos, de la inmortalidad o de la vida después de la muerte.

Todas las religiones y quienes también desarrollan su labor de estudio e investigación como si se tratara de un severo y riguroso culto, no han parado de teorizar, dar opciones, soluciones y/ o vanas esperanzas para quienes no se resignan a dejar este mundo llegado el momento y el lugar. Al final, sólo queda rendirse ante la evidencia y aceptar que llegamos a este mundo con certificado de caducidad y sin posibilidad de obtener ni una prórroga, ni nada por el estilo.

Claro que siempre hay espíritus rebeldes e inconformistas, seres indómitos, capaces de retar a la parca oscura en su empeño por cobrarse, cada día, nuevas víctimas. Uno de esos espíritus indómitos es el doctor Víctor Frankenstein, creación de la escritora Mary en 1818, paradigma del científico entregado a la búsqueda del conocimiento, por destructivo, obsesivo y prohibido que éste pueda llegar a ser.

El sensacional relato escrito por la que fuera esposa del poeta romántico Percy Bysshe Shelley está contado, de forma epistolar, por el capitán Robert Walton a su hermana Margaret Walton Saville, mientras el primero se encuentra explorando el Polo norte, fiel reflejo de los viajes científicos que recorrían buena parte del mundo conocido en aquellos  momentos.

Será la tripulación de Robert Walton quien encuentre el cuerpo de Víctor Frankenstein, casi a punto de morir, congelado por las bajas temperaturas del lugar. Una vez recuperado, el demente científico le contará a su anfitrión la razón de haber acabado en aquel desolado lugar y quién se esconde detrás de la enorme silueta que los marineros del navío en el que se encuentran juran haber visto.

De esta forma empezará el que muchos consideran el primer relato literario de ciencia ficción. Un relato surgido en pleno romanticismo, pero que recoge elementos de la novela gótica y que, además, mezcla conocimientos médicos y científicos con la ya comentada búsqueda de la inmortalidad, un anhelo que llevará al doctor Frankenstein a construir un ser compuesto gracias a combinar distintas partes de los cuerpos de otros seres humanos. Luego de lograrlo, el creador será repudiado por su propia creación, hecho que le obligará a tener que enfrentarse con sus propios demonios interiores y al acoso de un monstruo que no lo es tanto, pero que busca respuesta en quien lo creó.

Frankenstein o The Modern Prometheus ha terminado por convertirse en la piedra sobre la que se sustentan buena parte de los relatos que, partiendo del conocimiento y el estudio científico, han querido buscar una explicación y/ o una respuesta a la vida después de la muerte. Además Víctor Frankenstein y su monstruo se han convertido en sinónimo del científico obsesivo y de una creación que supera, con mucho, las expectativas de su creador.

Ahora, imaginen que Víctor Franskenstein, el original, no muere de la forma que lo cuenta Mary Shelley en su novela, sino que sobrevive a la persecución de su criatura y sus demonios interiores. Y ya puestos a imaginar, piensen que ese mismo doctor logra transmitir sus conocimientos a una nueva generación, evitando que se pierdan para siempre. De ser así, lo que un día empezó, pasadas las décadas, hubiera evolucionado ¿hasta dónde?...



La respuesta nos la da el director Richard Raaphorst en su película Frankenstein´s Army, reinterpretación del mito clásico creador por Mary Shelley, con estética Steampunk y con un escenario lleno de tropas alemanas y soviéticas, en los momentos finales de la Segunda Guerra Mundial.

Frankenstein´s Army está contada según el objetivo de la cámara del camarada Sergei, enviado por el estado mayor para reflejar en el celuloide los avances y el comportamiento de la implacable maquinaria bélica soviética, justo cuando el Reich alemán se batía en retirada. Sergei, a su vez, forma parte de un pelotón compuesto por otros seis soldados, incluyendo a un soldado asiático, detalle que raramente se suele ver reflejado en una película, pero que fue absolutamente cierto.

Cada uno de ellos representa el microcosmos que conforma cualquier ejército de nuestro mundo, con sus virtudes y sus defectos bien reflejados. El propio Sergei es mucho más de lo que parece, y su fanatismo y su empeño por obedecer los designios de la “madre Rusia” le llevarán hasta los dominios del doctor Víctor Frankenstein Jr., quien ahora trabaja para la maquinaria nazi, en un vano intento por cambiar el curso de la historia.

Lo que el pelotón luego acabará encontrando en una iglesia abandonada, ahora transformada en el laboratorio secreto del demente profesor, superará todas sus expectativas y no tardará en cobrarse una víctima tras otra.

En realidad, Víctor Frankenstein Jr. no ha hecho otra cosa que llevar un paso más allá los postulados de su padre y, donde en un principio sólo había una mezcla de distintas partes de cuerpos humanos, ahora se pelean elementos mecánicos con la carne y la sangre de todo un batallón de esperpénticos y letales soldados de un nuevo Reich. Así, donde antes había mano trasplantada de un cuerpo a otro, ahora hay azadas, mazas o cuchillas. Y donde antes había un rostro recompuesto y lleno de cicatrices, ahora hay metal, mesclado con fluidos, costuras y cables.

El resultado de todo es una mixtura entre la carne de sus víctimas, la ciencia que lo motiva y la locura de un científico que no duda en trasplantar en el cerebro de un comunista convencido, la mitad del cerebro de un soldado de la Alemania nazi, con tal de demostrar que sus teorías son válidas y funcionales.



Gore, sangrienta, demencial e histriónica por momentos, Frankenstein´s Army sólo busca sorprender al espectador por lo arriesgado y, ciertamente, osado de su planteamiento, mezcla de drama histórico, película de género y comedia negra, muy negra. Los protagonistas son, en manos del director, marionetas que lo mismo caen víctimas de las criaturas del delirante profesor, magníficamente interpretado por el actor Karel Roder, que se dejan arrastrar por las más bajas pasiones, ésas que llenan un escenario guerrero casi por definición.

Lo mejor, con mucho, son los diseños del vástago del Víctor Frankenstein victoriano, diseños que, por estar contada según quien porta la cámara de Sergei, no siempre se ven todo lo bien que uno quisiera.
No obstante, el resultado final, a pesar de los altibajos antes comentados, merece la pena, porque ofrece una nueva interpretación de un tema ya contado, aderezado con una estética más actual, atractiva, rompedora y visualmente muy atractiva.

Al final, siempre sobrevive quien menos se lo espera y, encima, de la forma en la que lo hace, pero ésa es otra historia que solo se cuenta si se ve la película entera, que es, al final, de lo que se trata.


© Dark Sky Films; Pellicola & XYZ Films, 2013 

De camino a Night Visions Maximum Halloween 2013: ANTIVIRAL


No les descubro nada nuevo si les digo que vivimos en un mundo artificial, gobernado más por estereotipos que por hechos. Son legión los que ambicionan una fama tan efímera como banal y no existen límites, ni morales ni, incluso, legales para lograrlo.  Al final, la fama, la pompa y ese boato que tantos ambicionan son sólo una grotesca máscara que esconde la tremenda mediocridad que impulsa a ésta mal llamada sociedad civilizada en la que debemos sobrevivir. 

Claro que, en un escenario como éste, son muchos lo que se han aprovechado de la situación para medrar, obtener pingues beneficios y reírse de la estupidez ajena sin que les temblara el pulso lo más mínimo.  Ejemplos hay muchos, algunos tan extremos como lo fuera el caso del artista italiano Piero Mazoni, el cual llegó a vender, en 1961, una serie de noventa latas de 30 gramos llenas de sus propios excrementos, valoradas según el precio de oro en aquellos momentos. También están quienes pintaron calabazas con una brocha, vendieron animales disecados sumergidos en formol y toda una catarata de esperpentos pensados, únicamente, para obtener notoriedad y vaciar los bolsillos de los más pudiente e ignorantes del lugar.

Y después está el común de los mortales, aquel que busca la fama sin tener que recurrir al reclamo artístico y/ o creativo, sino usando lo que tenga más a mano y, de paso, menos trabajo le acarree. 

Tampoco creo que descubra nada nuevo si afirmó que la mejor y más socorrida herramienta para lograr “fama” en un corto periodo de tiempo -y sin tener que pensar mucho- es acudir a uno de los muchos insulsos, zafios y mediocres programas de televisión que llenan las parrillas del mundo mundial. Como en botica, hay para todos los gustos y, si uno no tiene demasiados escrúpulos, con aguantar el tirón hay más que suficiente, pues ya se sabe que no sobran reporteros carroñeros dispuestos a valerse de cualquiera con tal de ganar cuota de pantalla.

El problema viene, como siempre, en que hay demasiados aspirantes y pocas plazas en la casa, por utilizar un símil extraído del Gran Hermano televisivo, un botón que demuestra la falta de inquietudes de buena parte de la ciudadanía, más empeñada en seguir las vidas ajenas que vivir las propias.  Por ello, cuando no se logra la tan ansiada fama, sólo queda tratar de aferrarse a una imagen de quien sí que ha logrado ser uno de los escogidos en el panteón de los nuevos dioses del mundo moderno.



Y éste es el caso de Hannah Geist (Sarah Gadon), una Súper Star con letras mayúsculas, adorada, venerada, seguida por sus fans con una lealtad casi enfermiza y que, además, es la imagen corporativa de una lucrativa y peculiar empresa especializada en vender enfermedades de los famosos.

Sí, me han leído bien, en el mundo en el que se desarrolla la primera película de Brandon Cronenberg,  vástago del director David Cronenberg, los seres humanos no sólo se obsesionan con lucir una camiseta, un peinado, un tatuaje o una marca de perfume de su actor/ actriz/ modelo/ cantante o artista preferido. En el mundo de Antiviral, los fans más afortunados, aquellos que tienen dinero para pagarlo, se inyectan enfermedades que proceden de sus icónicos y admirados ídolos, logrando esa perfecta comunicación e identificación que todo fan busca.

Poco importa la gravedad de la enfermedad con tal de sentir, fluyendo por tus venas, los mismos virus y bacterias que, por ejemplo, fluyen en la sangre de Hannah Geist.



¿Y quién logra que dichas enfermedades se vendan al público? Pues vendedores tan entregados y lacónicos como Syd March, quienes saben cómo lograr que una persona perfectamente sana y obsesionada, acabe contagiada por vaya usted a saber qué microbio, con solera y pedigrí, eso sí.

Bueno, en realidad, Syd no sólo es un vendedor entregado y leal, sino un traficante de muestras, las cuales luego vende a tiendas piratas especializadas en ofrecer copias de dichas enfermedades a unos precios más asequibles, por aquello de la ley de la oferta y la demanda. De ahí que su vida sea una insulsa repetición de tópicos, enfermedades que incuba para luego poder venderlas en el mercado negro, y sus propios y anodinos pensamientos, a ratos tan fríos e impersonales como lo es la película de Brandon Cronenberg.

Llegado el momento y por aquel refrán que dice que “la curiosidad mató al gato” su vida da un vuelco a causa de llevar en su interior el virus de la ya mencionada Hannah Geist, hecho que lo convertirá en un blanco viviente, pero que no alterará su forma pausada y anodina de vivir o, por lo menos, no tanto como le pudiera ocurrir a otra persona.

Puede que ese ritmo cansino y carente de toda expresividad –cimentado en la magnífica interpretación de Caleb Landry Jones- sea lo que más lastra la película de Brandon Cronenberg, tan pulcra e higiénica como lo son los escenarios en los que se desarrolla, aunque éstos acaben manchados de sangre. El director no toma partido por nadie, todos están inmersos en el mismo juego, pero, a ratos, parece como si fuera el virus de Hannah Geist quien dictara el ritmo. Y ya se sabe que, cuando uno está enfermo, la cabeza se embota y es difícil pensar con claridad.

No obstante, la doble lectura de la película lleva un paso más allá no sólo el concepto del fan, la adoración de imagen y las obsesiones humanas, sino su infinita estupidez y su afán por perder el tiempo en cosas banales e intrascendentes en vez de comprometerse con la realidad.

Por añadidura, la secuencia final, SÍ sabe cómo terminar la narración cinematográfica y dejarnos un sabor agridulce en el paladar, sabor que recuerda mucho -y bien- a los delirios paternos con los que el vástago de David Cronenberg ha crecido, y que son tan del gusto de los espectadores que acuden a festivales de la talla de Sitges o Night Visions.


Ya saben que, a partir de aquí, el resto corre de su cuenta; es decir, el riesgo de contagio, en este caso. 

© Alliance Films; TF1 International; Téléfilm Canada; Ontario Media Development Corporation (OMDC) & Rhombus Media, 2013 

De camino a Night Visions Maximum Halloween 2013: MANIAC


¿Qué convierte a una persona en un maníaco? ¿Cuál es el detonante que transforma una psique sana en otra diametralmente opuesta y totalmente enferma?...  ¿O será que los maníacos nacen y no hay nada que los transforme, sino que es sólo cuestión de tiempo?

Éstas son algunas de las preguntas que a uno le vienen a la cabeza cuando ve Maniac, reinterpretación del director Franck Khalfoun del clásico del mismo nombre, rodado por William Lusting en 1980, e interpretado por el actor y guionista Joe Spinell.

Maniac es, en ambos casos, la radiografía de un asesino psicópata, trastornado y sanguinario, el cual busca con sus macabros crímenes paliar la carencia de afecto y compresión que le fue negada durante su infancia. En el fondo, Frank Zito es sólo un niño maltratado psicológicamente por una madre que disfrutaba más con las relaciones sexuales de su trabajo que con atender las necesidades de su hijo pequeño.

Con el tiempo, Frank creció y el odio hacia las mujeres -mezclado con su incapacidad para mantener algo más que una relación disfuncional con el resto de sus congéneres- le llevó a refugiarse en sus maniquíes, sus delirios y su sed de sangre y pelo femenino con el que crear esa imagen ideal que solamente existía en su mente.

Ver Maniac, en la versión de Franck Khalfoun, es ver la locura que motiva a un maníaco según su propio punto de vista y en primera persona. Raramente, salvo en contadas ocasiones, el espectador verá la cara de un irreconocible y realmente sensacional Elijah Wood, sino sus actos, sus crímenes, sus pesadillas y cómo el joven perturbado ve el mundo que le rodea.



De esta forma, todo se convierte en una realidad bien distinta, turbadora, desasosegante y casi diría que nauseabunda, como el olor y las moscas que llenan la habitación en la que Frank esconde las cabelleras de las víctimas, pringadas con la sangre que aún gotea de los trozos de piel arrancados.

Maniac nos devuelve al asesino real, psicótico y descarnado. A aquel que no conoce ningún tipo de traba moral, ni ética, y cuyo único interés es continuar con su macabro recorrido nocturno. Ni siquiera el cruzar su camino con Anna (Nora Arnezeder) logrará redimirle y, al final, el asesino será víctima de sí mismo, sin que nada, ni nadie pueda llegar a remediarlo.

Además, y como ya se ha dicho anteriormente, Maniac nos permite ver a un Elijah Wood sensacional, capaz de mostrar la fragilidad, la demencia y la psicopatía necesaria, en sus dosis justas, sin caer en extremos histriónicos ni nada por el estilo. Su actuación llega a ponerte los pelos de punta por esa mezcla 
infantil y sádica que el personaje logra mostrar en la pantalla, justo antes de rematar a su siguiente víctima.

Para el director, conocido por su película Parking 2, Maniac le permite volver a trabajar junto a Alexandre Aja y Grégory Levasseur, responsables del guión de ambas películas, amén de actualizar uno de esos pequeños grandes clásicos del cine de género de los años ochenta, tal y como lo fuera la primera versión Maniac, tan recordada por sus excesos como por la interpretación del desaparecido Joe Spinell.


¿Y el resto…? Pues, como siempre, es cosa de ustedes. 

© La Petite Reine & Studio 37, 2013