domingo, 20 de octubre de 2013

CINEMAISSÍ 2013




Hay momentos en los que me pregunto por qué en un mundo como el nuestro, donde cada vez las personas van más a lo suyo, olvidándose del resto de sus semejantes, hay individuos que se empeñan en llevar la contraria y dedicarse a mostrarnos aquello que, normalmente, nos suele pasar desapercibido.

De alguna forma, vienen a ser como pequeños discípulos del celebérrimo detective Sherlock Holmes, quienes, como es el caso de los responsables del festival de cine Cinemaissí, ocupan buena parte de su tiempo en traernos hasta este lejano país del norte de Europa una sobresaliente muestra del séptimo arte latinoamericano.

Este año Cinemaissí se ha transmutado, además, en un evento cultural de tres semanas de duración, donde se han podido disfrutar de seminarios acerca de la inmigración, de proyecciones especiales en donde se recogen las transformaciones de la sociedad brasileña, los derechos de las minorías de la Amazonia, o la identidad de género, además de una nueva edición de Cinemaissíto.
Cinemaissíto, la edición para los más pequeños de este festival, contó con talleres gratuitos para aprender a bailar, cantar, hacer juguetes, escribir historia y construir piñatas.

Si nos ceñimos al festival cinematográfico propiamente dicho, evento que cubrí desde el primer día, la variedad temática y la riqueza de sus contenidos volvió a ser la piedra angular de la programación.



De entre todas las películas que se proyectaron, El Premio, película escrita y dirigida por Paula Markovitch, es quizás la que mejor representa el pasado y el presente de buena parte de los habitantes que han sufrido las esperpénticas dictaduras militares del pasado siglo XX. 
El miedo, la incomunicación, la inseguridad y la falta de equilibrio personal que sufre la madre de Cecilia, la niña protagonista de esta película, son una parábola de esa inseguridad perpetua que parece sobrevolar el destino de todos estos países. Cecilia, una niña de siete años, inteligente y despierta, ejemplifica a esa víctima inocente que, por la demencia y el ansia de poder de los milicos de siempre, debe vivir una vida apartada, semi-clandestina y sin una figura paterna que le ayude a madurar, tal y como le ha sucedido a muchos otros niños de Latinoamérica. La película de Paula Markovitch es dura, a ratos, difícil de asimilar, impregnada de esa tristeza que, aún hoy, llena la mente y el espíritu de millones y millones de personas que vieron cómo las balas disparadas por el demente de turno cercenaban cualquier esperanza de llevar una vida digna y libre.



Esto mismo se le puede aplicar a José Crisanto, un don nadie inmerso en el sinsentido de la Colombia actual, la cual trata de sobrevivir entre paramilitares, milicos, paracas, traficantes, guerrilleros, políticos corruptos y fauna de toda índole. Operación E demuestra, para empezar, lo que me dijo hace tres años en este mismo festival la realizadora colombiana Adela Manotas, que la guerrilla colombiana, la FARC, son monos en la jungla, personas que hace mucho tiempo que olvidaron sus ideales revolucionarios y se han convertido en una fuerza paramilitar, que se financia a base del tráfico de drogas.
Después están los funcionarios gubernamentales, que, como suele ser habitual, no solo no hacen bien su trabajo, sino más bien todo lo contrario. Y luego encontramos a quienes, desde sus flamantes cargos políticos, utilizan cualquier excusa para crear un conflicto internacional, en este caso a costa de un niño pequeño llamado Emmanuel, hijo de Clara Rojas, la misma fiscal colombiana que fuera rehén de los guerrilleros de la  FARC.

Al final, las verdaderas víctimas de todo son los miembros de la familia de José Crisanto, quienes acaban mendigando en las calles de Bogotá, mientras él ve la vida a través de los barrotes de una celda sin saber la razón de su detención.
El trabajo de Luis Tosar en el papel de José Crisanto es, sin duda alguna, uno de los mayores alicientes para sentarse a ver una película tan dura, pero bien resulta como lo es la obra de Miguel Courtois, Operación E.
Lo más triste de todo es que esta kafkiana situación se sigue repitiendo un día tras otro en la mayoría de los países de Latinoamérica, sin que nada, ni nadie ponga solución a este problema, porque no se trata de expedientes, ni de asuntos burocráticos, sino de la vida de las personas que viven allí.



Kafkiana es también la historia que nos cuenta el guionista y director Gabriel Guzmán S. en la película Hecho en China. ¿Cómo resumir las peripecias de un cincuentón obsesivo y casi compulsivo, dueño de un restaurante chino en la ciudad de Tijuana, quien acude a la boda de un antiguo amor con un polizón en el maletero del coche? Pues de la misma disparatada forma que nos cuenta la película; es decir, por medio de las vivencias de Marcos, el dueño del restaurante, y Berto, el polizón, personajes antagónicos a primera vista, pero que tienen muchas más cosas en común de lo que ellos se creen.

Hecho en China no solo es una reflexión sobre el choque generacional, sino sobre la soledad, el desamparo y los problemas de buena parte de la sociedad mejicana, cuya única esperanza es huir hacia la tierra prometida, Estados Unidos, aunque ésta no esté muy por la labor de acogerlos. Además, la película demuestra que todo el mundo tiene derecho a una segunda e, incluso, a una tercera oportunidad, siempre y cuando deje atrás sus temores, sus inseguridades y su miedo al fracaso, algo con lo que hay que aprender a vivir, no huir de ello.



Esto mismo se le puede aplicar a Juan, el protagonista de la película cubana Juan de los muertos. Descacharrante visión de las películas de zombis, esta película, escrita y dirigida por Alejandro Brugués, convierte la pacífica y aplatanada ciudad de La Habana en un dantesco y terrorífico escenario, el cual es arrasado por una horda de zombis hambrientos.

Como no podía ser de otra forma, la idiosincrasia cubana, su picaresca, su estructura social y su forma de entender la vida marcan la pauta de Juan y su grupo de cazadores de zombis, los cuales ayudan a su compatriota a acabar con sus seres queridos, eso sí, por un módico precio. Lo que no estaba en los planes de Juan, acostumbrado a vivir con lo justito y sin molestarse mucho, es que se acabaría convirtiendo no solo en el héroe de la película, sino en un padre responsable, dispuesto a sacrificarse por el bien de su hija.



Quien tampoco estaba preparada para sobrevivir en el competitivo y falso mundo profesional actual era Ángela, una apocada e ingenua chica colombiana, que trabaja en un centro de atención al cliente telefónico en la ciudad de Bogotá, en la película El Call. Este mediometraje de la directora, guionista y productora Giselle Geney es un fresco, muy fresco, de la realidad de los teleoperadores latinoamericanos que trabajan para compañías de cualquier parte del mundo, incluyendo España. Los modos, las maneras, la mala praxis empresarial, las mentiras y las triquiñuelas para no atender a los clientes se ponen de manifiesto en los sensacionales treinta y tres minutos dirigidos por Giselle Geney y magníficamente interpretados por Mónica Chávez, la voluntariosa Ángela, quien descubre que, en este trabajo, lo que no se puede es hacer BIEN las cosas.

Mucho antes que Ángela, quien debió aprender que las cosas son como son y que, para cambiarlas, hay que dejarse la piel en el camino, fue Luiz Inácio da Silva, más conocido como Lula, quien fuera presidente de Brasil.



Lula, filho de Brasil, dirigida por Fábio Barreto, recoge los primeros treinta y cinco años de la vida de un niño nacido en 1945, en los suburbios de Pernambuco, abandonado por su padre y criado por una madre que debía hacer frente a la dura tarea de criar a siete hijos. Lula siempre fue un niño tremendamente inteligente, serio, trabajador y cumplidor, quizás distante, pero amigo de sus amigos, y que, llegado el momento, cambió una vida ciertamente triste tras perder a su mujer y a su hijo recién nacido por la lucha sindical, causa que le llevó a convertirse en un símbolo para la clase obrera de su país. Aún hoy se discute el alcance de los cambios comenzados por Lula y ahora desarrollados por su sucesora, Dilma Rouseff.



Uno de esos cambios que está transformando la sociedad brasileña se cuenta en el documental de Cadu Barcellos y Luciano Vidagal 5 X Pacificação. El documental nos cuenta, con el lenguaje de las favelas y las personas que viven dentro de ellas, los cambios acontecidos en sus vidas y en dicho escenario desde la llegada de las unidades de policía pacificadora, UPP. Son cinco puntos de vista compuestos por los habitantes, la policía, el gobierno, los ex-traficantes que buscan reintegrarse en la sociedad, y quienes ven las favelas desde fuera. Cada punto de vista es igualmente válido, con sus pros y sus contras, y, aunque todos los cambios son lentos, la realidad es que las favelas se están transformando, en muchos casos para bien.
La idea es dar la mejor imagen posible cara al Mundial de Fútbol del año 2014, aunque lo deseable sería que los cambios llegasen para quedarse, algo que solo el tiempo lo dirá.



Dejo para el final una película, Mía, un cuento de hadas imposible entre una transexual que vive de recoger cartones y de prostituirse, una niña que ha perdido a su madre y un marido que ha perdido a su mujer y a punto está de perder el amor de su hija, escrito y dirigido por Javier Van de Couter, la cual en palabras del director del festival, Jaime Potenze, ha supuesto la mayoría de edad del encuentro cinematográfico. Personalmente, creo que el festival no ha hecho otra cosa que crecer en los tres años que llevo asistiendo, aunque sí que es cierto que su nivel de compromiso para con la realidad de Latinoamérica ha crecido de una forma exponencial en esta edición.

Contar con Camila Sosa Villada, la actriz protagonista de Mía nos ha dado la oportunidad de conocer de primera mano la realidad de quienes han sido discriminados por decidir cuál era su sexo real, no el que le vino impuesto por un capricho genético. Puede que en mi caso personal yo viera, desde el principio, a Camila como una mujer y dejara la etiqueta de transexual para quienes tanto disfrutan etiquetándonos a todos, sin ser capaces de discernir quién se esconde tras esa etiqueta.

Otra cosa bien distinta es el caso de Manuel, el padre de Julia, quien, a pesar del bien que le hace la relación de la niña con Ale, el personaje interpretado por Camila Sosa Villada, es incapaz de librarse de los prejuicios y ver a Ale como una persona, no como alguien a medio hacer. De ahí que Mía refleje perfectamente esos problemas de identidad de género que impiden que las personas acepten a los demás tal y como son, dejando a un lado las etiquetas antes comentadas.

A pesar de todo, Mía es una película tremendamente hermosa, triste y amarga, pero impregnada de un lirismo visual, logrado en buena parte por el buen hacer de Camila Sosa, que, aunque me confesó que si ahora volviera a hacer la película cambiaría buena parte de su actuación,  borda el papel de Ale.

Imagino que por la temática de la película y por leer su biografía fue por lo que solicité entrevistar a Camila Sosa Villada, decisión de la que no solo no me arrepiento, sino de la que estoy enormemente satisfecho de haber tomado. Hablar con ella me dio la oportunidad de compartir espacio y tiempo con quien sabe muy bien quién es, quién fue, qué ha vivido y qué le gustaría hacer en los años venideros, sin caer en los artificios tan del gusto de la farándula.

Además, la entrevista con Camila Sosa Villada me demostró que Cinemaissí es un festival que tiene un tempo propio y unas costumbres que raramente se ven en un encuentro cinematográfico, cosa que lo hace personal e intransferible. En otra circunstancia me hubiese molestado que me hubieran interrumpido cinco veces durante la entrevista, pero este festival se ha convertido en un punto de encuentro en donde no vas a trabajar, sino a compartir experiencias y vivencias. Un lugar donde te encuentras con personas que conoces, donde conoces a otras personas, donde tienes la oportunidad de hablar tu idioma en un país que habla otro, y en donde todo el mundo, ya sea el director o un voluntario cualquiera, trata de hacerte la estancia lo más agradable posible, algo que, como están las cosas, vale más que un potosí, expresión que se usaba en los años 40 y 50 del siglo pasado. Por ello, me gustaría creer que el próximo año Cinemaissí celebrará con el mismo espíritu, pero con orgullo, su décimo aniversario, más si se tiene en cuenta el éxito de público y el buen hacer de sus responsables.

Por último, quiero dar las gracias a Sonja y Jaime Potenze, Carlos Marroquín, Sofía Déniz, Lea Pakkanen, Noora Maijala, Hugo Jiménez y Sophie la cordialidad y el trato recibido durante todos y cada uno de los días del festival.   

 Imágenes
© Cinemaissí, 2013
©Fondo para la Producción Cinematográfica de Calidad (FOPROCINE); IZ Films; Kung Works; Mille et Une Productions; NiKo Film; Staron Film, 2013
© A.J.O.Z. Films; Canal Plus; Instituto de la Cinematografía y de las Artes Audiovisuales (ICAA); Televisión Española (TVE); Tormenta Films; ZircoZine, 2013
© Canal 22 Televisión Metropolitana; IMAGYX Entertainment; Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), 2013
© La Zanfoña Producciones; Producciones de la 5ta Avenida, 2013
© Luiz Carlos Barreto Produções Cinematográficas, 2013
© Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), 2013





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