lunes, 18 de noviembre de 2013

MADRES IMPERFECTAS


 
De una forma u otra, los responsables de seleccionar las películas que componen las distintas secciones del festival internacional de cine de Espoo, gustan de presentar historias que te hagan pensar, más allá del mero entretenimiento que supone disfrutar de dos horas en una sala cinematográfica.
Por dicha razón, no es inusual encontrar cintas que traten temas muy determinados, vistos bajo el prisma de realizadores de distintas nacionalidades y culturas, circunstancia que enriquece a quienes asisten a las distintas proyecciones. cada año, uno de los temas más recurrente es el de la maternidad y las no siempre sencillas relaciones entre las madres y sus hijos.
Un ejemplo de todo esto es la película  L'enfant D’en Haut, dirigida por Ursula Meier.  La cinta plasma una de esas realidades que muchos se empeñan en negar; es decir, ser madre no significa tener el libro con todas las respuestas, ni saber qué hacer, una vez nacido el niño. Ser madre es una responsabilidad SOBRESALIENTE, con mayúsculas, responsabilidad que la madre de Simon, el protagonista de la cinta, ignora desde el minuto uno.
Por contrapartida, Simon es un niño obligado a soportar la presión de tener que ser el cabeza de una familia compuesta por él mismo y su madre, quien, lejos de ayudar, sólo lo presiona más con su falta de sentido. Su insensatez es tal que llega a simular que ella no es la madre de Simon, sino su hermana mayor y que es ella quien lo “cuida” mientras sus padres están de viaje continuo.
La realidad, como muy bien plasma la película, es bien distinta. Simon es un pícaro del siglo XXI, acostumbrado a sobrevivir con los beneficios que le reportan los robos que comete en una estación de esquí que está cerca de su casa. Sus tácticas en el arte del latrocinio, muy bien desarrolladas para alguien de tan solo 12 años, le reportan, en la mayoría de los casos, suficiente efectivo como para comprar comida y “papel de baño”, tal y como le confiesa a un camarero que lo descubre robando esquíes en una de las dependencias del complejo deportivo.
Lo peor del caso es que, lejos de ayudarle, el camarero, como otros muchos de sus compañeros, no duda en aprovecharse del niño, chantajeándolo o comprándole mercancía robada sólo unos minutos antes. De esta forma, Simon vive una existencia condicionada por su precario modo de vida, sin nadie que, realmente, se preocupe por sus necesidades vitales.
El colmo del disparate viene cuando su patética madre le llega a “vender” la posibilidad de poder estar a su lado, durante una noche en la que el niño busca calor humano y la comprensión de una madre que ni está, ni le interesa estar. A la mañana siguiente, Simon comprobará que su madre prefiere una buena borrachera con cualquiera de sus no menos patéticos novios, antes que preocuparse de las necesidades de su hijo.
L´enfant D’en Haut pone sobre la mesa muchas de las carencias de una sociedad en la que cada cual va a lo suyo y nadie se preocupa por lo que le pueda pasar al resto. Simon está solo, sin que nadie se dé cuenta de sus carencias y, encima, ni la administración pública y ni los servicios sociales parecen darse cuenta de la situación.
En parte, todo esto es una dura crítica al desmantelamiento de buena parte del estado del bienestar, perpetrado por el anterior gabinete conservador galo, aunque situaciones como ésta se repiten en todas las partes del globo.
La realizadora termina la película con una agridulce secuencia, la cual te ayuda a digerir un poco lo visto, pero que no disipa las dudas sobre un desenlace tal trágico como predecible.
 
 
Junto a L´enfant D’en Haut muy bien se podría colocar Varasto, película finlandesa que presenta a una madre igualmente descerebrada e inútil, aunque vista bajo la óptica de su circunstancial pareja masculina en la aventura de tener niños.
Y digo circunstancial, porque, ni en la peor de sus pesadillas, Rousku, el protagonista de la cinta, se hubiera imaginado que acabaría siendo el padre de una niña con Karita, su insustancial compañera de trabajo. Ambos eran amantes ocasionales, aunque sin mayores ataduras, y, a decir verdad, salvo la cama, pocas cosas los ataban.
Por otra parte, Rousku convive con Raninen, su compañero de fatigas en el almacén de una empresa de suministros para empresas de construcciones. Sus jornadas trascurren sorteando el tedio de una existencia sin mucho futuro, salvo por los trapicheos de Rousku con un viejo anarquista, amigo de su padre y empeñado, éste, en esquilmar a los ricos en beneficio propio.
Con un universo tan limitado, la noticia -la bomba, más bien- del embarazo de Karita sacude los endebles cimientos de la vida de Rousku y le obliga a cambiar su forma de vida, adaptarse a la vida en pareja y un sinfín de pequeños cambios.
Lo mejor del caso es que Karita, lejos de tratar de cambiar su actitud por el hecho de ser madre, continua siendo la cabeza hueca que presume no haber leído un libro en su vida y de pasar todo su tiempo libre viendo programas para “lerdos” en televisión.
Uno llega a entender la razón de su falta de instinto maternal, luego de ver su madre y al cabestro que vive con ella. No obstante, Karita simboliza a esas mujeres que mejor nunca, nunca tuvieran un niño ante su incapacidad manifiesta.
Al final, será Rousku quien, por una serie de circunstancias, podrá a cada cual en su sitio, tanto al anarquista de salón que pone en peligro su trabajo, como a la descerebrada de su mujer, asumiendo la responsabilidad de su nueva situación de una forma que Karita ni siquiera se plantea.
Varasto no es sólo una ácida visión sobre la nada perfecta sociedad finlandesa, tan llena de problemas como cualquier sociedad contemporánea, sino una sátira nada disimulada sobre los tópicos que se tienen acerca de quien asume, y quien no, la responsabilidad de ser padre. En este caso, es el varón el que SÍ asume su rol paternal, mientras que la hembra nunca abandona “el mundo piruleta” en el que lleva viviendo de su más tiernas infancia.
Al final, será la niña la que nos cuente en qué ha terminado todo, mucho mejor de lo que cualquiera se pudiera haber imaginado, a diferencia de la película francesa anteriormente comentada.

© Vega Film, Archipel 35, Radio Télévision Suisse (RTS) y Bande a Part Films, 2013
© Kinosto y Mainostelevisio (MTV3), 2013

 
 

domingo, 10 de noviembre de 2013

ENTREVISTA CON NOORA MAIJALA, RESPONSABLE DE LOS VOLUNTARIOS EN EL FESTIVAL DE CINE CINEMAISSI 2013



Si me quisiera poner estricto, debería analizar todos aquellos elementos y/ o experiencias personales que han dado como resultado, una vez sumados todos, una de esas verdades absolutas que cada persona posee en su credo personal; es decir, quienes te ayudan, ya sea de manera desinteresada o remunerada, se merecen el mayor de los respetos, en cualquier momento y en cualquier circunstancia.

Sé que hay personas desagradecidas, amantes confesas de aprovecharse de una situación y arruinarla, con tal de salirse con la suya. Sin embargo, no es menos cierto que es muy fácil volcar tu repertorio de inseguridades en quienes están aprendiendo y sólo tratan de encontrar un lugar en este esperpento de mundo en el que nos ha tocado vivir. Aquellos que se empeñan en abusar, verbal y físicamente de los recién llegados –y que se autoproclaman veteranos- son solamente una caterva de ignorantes, vomitivos y nauseabundos, incapaces de liberarse de la losa que les supone su mediocridad y su malsana ignorancia.

Admito que mi problema estriba en que, al revés de que quienes sí se ceban, aprovechan y/o abusan de los novatos, recién llegados y/ o voluntarios, yo no he tenido un lapso momentáneo de memoria, ni nada por el estilo. Por dicha razón, no hay ninguna causa externa, ni interna que me impida recordar lo mal que lo pude pasar cuando debí sobrellevar dichas experiencias, estando a merced de los delirios de los miserables antes mencionados.

Con el paso de los años, mi concepción sobre este tema no me ha granjeado, precisamente, muchos amigos, aunque tampoco es algo que me haya quitado el sueño. Con todos mis defectos, y sé que he cometido errores enormes, y muchos, sí que me siento orgulloso de haberle parado las patas a muchos jefecillos de tercera categoría, auténticos “cantamañanas” sin mayor virtud que ostentar un cargo que les venía grande desde antes de nacer. Tiparracos… Botarates, y más como ésos, son los que hacen que nuestra sociedad funcione tan mal, aunque ese tema no sea el central de esta columna. 

El tema central de esta columna es hablar, sin entrar en asuntos personales, de quien se hizo cargo de los voluntarios en el pasado festival de cine iberoamericano de Helsinki, Cinemaissi 2013. En realidad, mi primer contacto con Noora Maijala fue el mismo día que fui a buscar mi acreditación de prensa y debo admitir que me sorprendió su cordialidad, además de su castellano más que correcto. No me entiendan mal, no me importa hablar, constantemente, en otro idioma, mi lengua puente en este país es el inglés, dado que el finlandés, aunque lo entiendo un poco, no se ha hecho para mis, ya oxidadas, neuronas. No obstante, pasarme un fin de semana hablando en mi idioma es algo que resulta hasta refrescante.

Sea como fuere, el segundo día del festival volví a coincidir con ella y, tras explicarme cuál era su cometido, -responsable de los voluntarios del festival-, pude ver cómo se comportaba y cómo trataba a los voluntarios. Por lo general, los voluntarios son tratados de una forma mucho más sensata, humana y cercana aquí, en Finlandia, que en España, aunque en eso nuestro país siempre ha estado muy por debajo de la media. Salvo muy gloriosas excepciones, a los voluntarios en nuestro país, aquéllos que lo hacen “por amor al arte y en busca de experiencias”, se los trata indistintamente como basura y sé MUY BIEN de lo que hablo, demasiado bien.

Siguiendo el tema en cuestión, ese mismo día Noora me comentó lo que había pasado con la copia en una sesión y cómo se había comportado la voluntaria Sophie, para más señas, dado que yo estaba en dicha sesión como parte del público. Su forma de plantear el problema, el trato que le dispensó a la voluntaria y el celo por tratar de que nadie se sintiera decepcionado por un error que suele ser habitual en un festival de cine –aunque era la primera vez que veía algo así, tras tres décadas asistiendo a festivales, la verdad sea dicha- me acabaron por demostrar que hablar con ella sería una muy buena oportunidad para pintar un fresco sobre cómo se tratan éstos y otros asuntos en este país del norte de Europa.

¿Cómo acabé siendo la responsables de los voluntarios de Cinemaissi? Bien, fue Jaime (Potenze, director del festival) quien me lo propuso, una vez que la anterior responsable dejó el cargo. Yo fui voluntaria el pasado año y, además, me hice amiga de mi jefa. Por eso, pude descubrir muchas más cosas que las que, normalmente, ve un voluntario cualquiera. Admito que me encantan los retos y cuando Jaime me lo propuso, acepté.

Una vez que asumí que debía coordinar a un grupo de personas, pensé en lo que había visto el año pasado, aquellas cosas que yo pensaba que había que cambiar y luego adaptarlo todo a mi manera de trabajar. Ahora, una vez finalizado el festival, estoy contenta con cómo salieron las cosas y con el trabajo del 95% de los voluntarios. Siempre hay gente que no responde a las expectativas, aunque es cierto que hay voluntarios que llegaban al festival después de trabajar ocho horas y se me hacía duro tener que decirles que debían estar, por ejemplo, vendiendo entradas hasta las diez de la noche, con lo que su jornada acababa siendo de más de doce horas.  

Es cierto que, cuando se es voluntario, uno no se preocupa de muchas cosas, salvo de cumplir sus horas y lograr ver cuantas más películas, mejor. Ahora, se trabaja mucho cuando se es voluntario y, como ya te he dicho, después de ir a clase todo el día o después de terminar de trabajar, con lo que el esfuerzo es doble.

También sé que resulta difícil hacerle entender a las personas con las que trabajas cuál es el funcionamiento de un determinado evento. Yo ya tenía otras experiencias desarrollando proyectos en la universidad, algo que me ayudó cuando acepté ser coordinadora. Sin embargo, tienes que estar aquí para darte cuenta de cómo funciona, en realidad, un festival como Cinemaissi.

El día de la inauguración, Sofía (Déniz), productora del evento, dijo que trabajar en el festival había sido un camino con sus momentos buenos, algunos no tantos, y otros en los que parecía que nada llegaría a salir. Pienso lo mismo, aunque, en mi caso, sé que tengo una forma de trabajar que no siempre es compatible con todo el mundo, salvo con mi pareja, con quien no sólo trabajo bien, sino que me entiende y sabe cómo tranquilizarme en medio de una crisis.

¿Soy de las que se lleva el trabajo a casa? Sí, normalmente, sí, sobre todo cuando pienso que las cosas se podrían haber hecho de otra forma y, por una suma de factores, no fui capaz de hacerlo como yo hubiera querido. Al final, logro relajarme, pero hay veces en las que me acuesto con una idea y me levanto pensando en ella. (risas)

¿Qué cambiaría si pudiera? Una cosa. Pediría tener más tiempo para conocer y trabajar con los voluntarios. Este año apenas he tenido un par de días para hablar con ellos y creo que, si se tuviera más tiempo, se les podría enseñar mejor y hacerles comprender cosas que, sin tiempo, resulta muy difícil hacerles entender. He sido voluntaria y algunas veces eché de menos alguna explicación y la posibilidad de comentar algo o, simplemente, preguntar. De todas formas, te vuelvo a decir que con el poco tiempo que tuve y siendo éste mi primer año, estoy muy satisfecha con el trabajo.

¿Volveré el año que viene? La verdad es que no lo sé. Me ha gustado mucho trabajar en Cinemaissi y ya te he dicho que este trabajo es un reto continuo. Lo que ocurre es que hay muchas cosas que quiero hacer y no sé si podré abarcarlo todo. De todas formas, estos dos años ha sido muy buenos, sobre todo este último y estoy muy agradecida por la oportunidad que me brindó Jaime al ofrecerme ser la coordinadora de voluntarios.

Tal y como podrán ver, Noora Maijala demuestra no sólo una gran claridad de ideas, sino memoria y una coherencia profesional que no suele ser la moneda de cambio en nuestra geografía. Además, queda claro que ha tratado de aprovechar todas sus experiencias para forjarse un carácter que le ayude a enfrentarse al reto que supone no sólo organizar, sino ser responsable de un equipo de trabajo, una tarea que, aunque grata, nunca está exenta de problemas y/o conflictos.

Lo que yo puedo añadir son los momentos en los que pasé observando su comportamiento, su gusto por cuidar los detalles, por tratar a todo el mundo por igual y porque la imagen del festival siempre quedara en buen lugar, un concepto –el de la imagen de marca- tan oscuro y difuso como olvidado en nuestro país. Me imagino que, luego, cada cual tendrá sus propias opiniones al respecto, pero llevo los suficientes años trabajando en ambos lados, como periodista y como organizador/ coordinador y relaciones públicas de eventos, como para saber qué es lo que se debe y lo que no se debe hacer, y qué estilo es mejor y cuál es mejor dejar metido en el armario, bien cerrado y olvidado.

Y les puedo asegurar que el estilo de Noora Maijala es que el muchos deberían hacer suyo, tanto en el trato para con los demás como en su forma de cuidar las formas y defender la integridad y la imagen de un evento que, cada día, gana en adeptos, simpatizantes y colaboradores, a tan sólo un año de su décimo aniversario.

Poder hablar con Noora Maijala tras la finalización del evento me demostró que se pueden hacer las cosas de otra forma –y no de la forma torpe, miserable y prepotente que se dispensa en un evento cultural en tierras hispanas- y que nunca, nunca se debe perder ni la memoria, ni las buenas formas.

Sólo espero que el año que viene vuelva a estar al frente de los voluntarios, una pieza más importante de lo que muchos creen y, si no es así, que encuentre ese lugar/ evento/ reto en el que volcar todo su corazón, tal y como me dijo antes de despedirse.