martes, 4 de febrero de 2014

HIJOS DE LOS HOMBRES


 
Nos les diré nada nuevo si les cuento que estamos matando a nuestro planeta y a sus gentes, poco a poco. Cada día aparecen nuevos o viejos conflictos armados, casos de abusos, corrupción, sobreexplotación de la tierra y las personas y un sin fin de razones que abalan, tristemente, lo que les he comentado unas líneas atrás.

Sin embargo, por duro que todo esto pueda parecer, siempre nos queda una esperanza.

Nos queda la esperanza de que las nuevas generaciones, aquellas que están naciendo mientras escribo esta columna, sean capaces de aprender de nuestros errores y salvar lo poco que quede intacto de nuestro viejo mundo. Con sus risas y sus juegos, los niños de ahora, hombres del mañana, terminan por actuar de bálsamo que cura la más cruel de las heridas.

Imaginen por un momento un escenario totalmente distinto, un escenario en el que los peores miedos han pasado a ser reales.

Un escenario en el que las risas infantiles son sustituidas por la desesperación y el tedio de un mundo que se dirige de manera convulsiva hacia el desastre.

Un escenario donde lo único que queda es tratar de salvarse a sí mismo, dado que ya que poco queda que salvar de lo que nos rodea. Un escenario donde los niños forman parte del pasado, como las estatuas de Miguel Ángel o los dibujos de Leonardo Da Vinci. Un escenario en donde ya no nacen niños desde hace 18 años.

Ésta es la premisa de la que parte la última película del director mejicano Alfonso Cuarón, Hijos de los hombres, basada en la novela de la novelista británica Phyllis Dorothy James.

La acción comienza en el año 2.027, dos décadas después del último nacimiento de un ser humano en el planeta. El protagonista, Theodore Faron, vive una ciudad de Londres dominada por la xenofobia y el totalitarismo de un gobierno que trata de apuntalar los resto del mundo civilizado a costa de una brutal represión.

Nada queda de la mal llamada “sociedad del bienestar” tras multitud de guerras, muchas de las cuales terminaron con el estallido de artefactos nucleares, conflictos étnicos y el colapso de la economía de mercado. Quienes han sobrevivido pugnan por no ser engullidos en las entrañas de un régimen que recuerda poderosamente al descrito en la novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd, V de Vendetta.

En medio de todo, Faron se verá envuelto en las actividades de un supuesto grupo terrorista –The fishes- liderado por su ex-mujer, Julian, empeñada en aportar un gramo de esperanza a un mundo que sólo quiere que lo dejen morir tranquilo.

Faron se niega en un primer momento aunque, tras hablar con su buen amigo Jasper, decide aceptar el encargo de su antigua compañera.

A partir de entonces, el protagonista verá como su realidad salta en mil fragmentos, teniendo que sobrellevar toda una catarata de acontecimientos que pondrán a prueba sus creencias y su propio concepto de humanidad.

Puede que lo peor de todo sea volver a tener esperanza en un mundo donde no hay mayor pecado que pensar que el mañana nos traerá algo mejor.

Lo que ocurre es que, ante la posibilidad de proteger una nueva vida, uno se ve obligado a dejar atrás sus miedos e inseguridades y luchar sin tener en cuenta los resultados.

De todas maneras, la esperanza dura lo que un soldado tarda en sacar el cargador de su fusil, coger el siguiente, colocarlo en su lugar y volver a comenzar con su macabro repertorio.

Esto mismo se observa en quienes, en esta historia,  luchan por terminar con un sistema que castiga a los refugiados llegados hasta el reino de la Gran Bretaña tras la desaparición de sus estados. Si las autoridades británicas de esta narración detienen a los mencionados refugiados y los recluyen de la misma manera que hicieran los nazis durante la segunda guerra mundial con millones de personas, los luchadores por la libertad no dudan en asesinar a sus líderes con tal de ganar a la partida al contrario. Todo con tal de ofrecer una esperanza, tirando de los mismos métodos que llevaron al mundo a la situación en la que ahora se encuentra.

Faron no es, tampoco, un dechado de virtudes. Lo que ocurre es que, como el narrador de una historia decimonónica, es capaz de ver más allá de sus intereses personales, por los menos cuando la situación con Kee, la joven africana que se convertirá en su protegida, así lo requiere.

Su visión de futuro, en un mundo ciego y estúpido como el que se nos plasma en la pantalla, le supondrá mucho más de lo que podía pensar en un principio. Su lucidez mental lo sitúa muy por encima del resto de los personajes, que sólo se comportan como animales -poco racionales- que son.

Hijos de los hombres es obra de la novelista Phyllis Dorothy James –P.D.James- en 1.992. Su novela nos cuenta uno de los muchos futuros atroces y carentes de esperanza, como ya hicieran otros escritores, contemporáneos suyos, tales como Philip K. Dick o Robert A. Heinlein.

La obra de James es aún más descarnada que Alfonso Cuarón -responsable este último del guión de la película-, pues nos muestra un mundo mucho más viciado y carente de cualquier escapatoria para los protagonistas.

El acierto del director mejicano es no darnos tregua alguna y atraparnos en medio de una realidad que, aunque nos resistamos a creerlo, invade los noticiarios de las principales cadenas de televisión mundiales.

Su forma de plantearnos los acontecimientos, de forma brusca y sin tiempo para poder asimilarlo, terminan por anclarte a la butaca del cine, tal y como sucedió durante su pase de presentación durante el festival de Sitges del año 2.006.

El otro pilar sobre el que reside la validez de la película es en su reparto, encabezado por un cada vez más eficaz Clive Owen, héroe por las circunstancias, pero héroe, al fin y al cabo. A su lado, la también resolutiva Julianne Moore, en un papel que actuará de catalizador para el desarrollo posterior de los acontecimientos.

Junto a ellos un Michael Caine que demuestra que no es uno de los mejores actores de las últimas décadas por casualidad. Su papel de Jasper -un ser que vive entre los cuidados a su esposa enferma, sus recuerdos del pasado y la atención de su plantación de marihuana- muy bien podría ser una declaración de principios del propio actor, poco amante de los excesos de su sociedad y de muchos de los integrantes de su profesión.

No obstante, es Alfonso Cuarón quien destaca como el responsable de llevar a la pantalla una novela tan compleja como la escrita por James, hace poco más de una década. No debemos olvidar la capacidad del realizador para adaptar textos literarios a la pantalla. Ya lo demostró en 1.998 cuando rodó una versión actualizada del clásico de Dickens, Grandes Esperanzas. Seis años después, le tocó el turno a la tercera de las novelas del niño mago, Harry Potter y el prisionero de Azkaban, considerada por muchos la mejor de las aventuras del Potter cinematográfico.

Con Hijos del mañana, Cuarón demuestra sus dotes por partida doble, guionista y director, a la vez que deja claro clara su madurez como realizador. Lástima que su sentido de la esperanza para con el mundo sólo dure escasos minutos. Aunque, tal y como están las cosas, antes y ahora, demasiado tiempo me parece.

 
© Universal Pictures; Strike Entertainment & Hit & Run Productions, 2014

 

No hay comentarios: