lunes, 3 de febrero de 2014

MELANCHOLIA


 
Pocas son la verdades absolutas que acompañan a una persona desde que nace hasta que muere, por mucho que la sociedad trate de colocar barreras artificiales para evitar que miremos hacia otro sitio. En nuestro mundo son  muchas las falsedades impuestas por la necesidad de huir de aquellas cosas que nunca nos abandonarán, hagamos lo que hagamos y vivamos como vivamos. Pensamos que, por rodearnos de cosas materiales, por convivir con personas con las que mantenemos unos frágiles e impuestos lazos de sangre, por obtener el éxito profesional y monetario, podemos evitar que, al caer la noche, nos invada la sensación de soledad que nos acompañará desde el mismo momento en el que nacemos.

La soledad, una palabra corta, pero llena de tanto sentido, que nos condiciona sobre manera, a lo largo de nuestra existencia. Nada ni nadie puede evitar que una dama tan posesiva y persistente como ella siempre esté presente, recordándonos cuál es nuestra verdadera realidad.
 
Ahora, imaginen que la vida en nuestro planeta está a punto de desaparecer y que no hay fuerza humana que lo evite. Un planeta, llamado Melancolía, se dirige hacia la órbita de la Tierra y sólo queda esperar el final, rodeados de la mayor de las soledades, aquella que impregna cada poro de tu piel y casi no te deja respirar. Y así se sentirá Claire, una mujer atrapada entre el dinero y los deseos de su marido, John, los requerimientos de su hijo, Leo, y la depresión que está acabando con la vida de su hermana, Justine.

Justine, la joven prometedora diseñadora gráfica que, al principio de la historia, se casa con Michael, rodeada de su familia -tan disfuncional como nuestra misma sociedad- y que descubre, en medio de todo aquello, que su vida lleva una deriva tan desalentadora como frustrante.

Justine, la joven a la que su hermana Claire quiere y odia casi con la misma intensidad. Justine, la joven a la que su madre castiga con su resentimiento y a quien su padre confunde con sus ligues adolescentes. Justine, la joven que sabe cosas, cosas que nadie sabe, o que nadie quiere aceptar, y que será capaz de asumir, con una naturalidad casi divina, el final que le espera al que ha sido su planeta hasta la llegada de Melancolía.

Justine, la joven que termina por aceptar que la soledad no es un estado del que se deba huir, sino todo lo contrario, tumbada desnuda, en plena noche, mientras Melancolía llega hasta nuestra atmósfera.

Justine, el eje central de una de las películas más sobrecogedoras de cuántas se han estrenado en los últimos tiempos, gracias a una estética y una puesta en escena que te envuelve y te seduce a partes iguales.

Justine, la joven que actúa al ritmo de la música del preludio del primer acto de la ópera Tristán e Isolda, de Richard Wagner, conocido como “Preludio y muerte de amor” y con quien Lars von Trier nos da su visión de lo que significa la palabra soledad.
 
Justine es también quien nos lleva de la mano para que veamos una radiografía de la disfuncionalidad de la sociedad actual y de todo el entramado artificial y mezquino que la rodea, simbolizado éste, en la boda con la que comienza la película.

Su enlace con Michael y el ir y venir de los pequeños dramas que se desarrollan a partir de ese momento abocarán a la protagonista a jugárselo todo a una carta, y perder aquello que, hasta ese momento, era importante en su existencia.

Después, sólo Claire será capaz de asumir la responsabilidad de cuidar de una Justine que, como al planeta Tierra, sabe que le queda poco para desaparecer.

Para Claire, Justine es un foco de problemas para con su marido John, un adinerado sujeto que a duras penas soporta la situación, a pesar de intentarlo, y para con su hijo, Leo, un niño que verá cómo su vida se va desmoronando por la llegada de la soledad hasta la misma puerta de su habitación. Sin embargo, el aplomo de su hermana Claire ayudará a Justine a sobrellevar el mismo sentimiento de soledad que la embarga y del que ha tratado huir hasta ese mismo momento.
 
Luego llega un rayo de esperanza, vana y engañosa, como las mentiras que nos repetimos para tratar de levantarnos cada mañana, al igual que hacen los personajes que pueblan las novelas, relatos y películas que hablan del fin del mundo. Todos ellos, al igual que Claire, buscarán un lugar donde apoyarse para que el fin de su existencia sea lo más llevadera posible, incapaces de articular cualquier otro discurso.

Para Justine, el destino que está a punto de alcanzarlos no logrará quebrarla como sí hace con John, quien prefiere huir en solitario, una idea que también rondará la cabeza de Claire, pero que abandonará ante la imagen de su hijo Leo.

Una vez que el telón está a punto de caer, Justine, Claire y su hijo Leo compartirán un último atisbo de humanidad, sabedores de la tragedia que les ha tocado vivir, desde el mismo momento en el que llegamos a este planeta. No hay tiempo para huir, ni para esconderse. Melancolía es el punto final de una farsa llamada planeta Tierra y ya nada ni nadie podrá hacer nada para empeorar más las cosas.

Ya sólo quedará la soledad del espacio, tan embriagadora y posesiva como la que acompañó a Justine, a lo largo de su existencia, y que Lars von Trier nos cuenta en su última película, ayudado por el excelente trabajo de Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg y Kiefer Sutherland, tres actores capaces de conformar el mosaico de tristeza, soledad y melancolía ideado por Trier.

Melancholia es una película hermosa, dura, desasosegante, brillante en muchas de sus escenas, pero que, algunas veces, cae en la autocomplacencia de un director que gusta de bucear en la psique humana de una forma un tanto críptica. Melancholia también es una película de género, aunque sin grandes efectos, centenares de figurantes y música grandilocuente. Es, solamente, el testamento vital de unas personas indefensas, las cuales están a punto de abandonar su existencia terrenal y, con ello, todos los miedos que han atenazado su vida.

Al final, cuando no hay lugar a dónde ir, lo mejor es quedarse quieto y dejarse llevar, queriendo encontrar esa paz interior que siempre, por una causa o por otra, se nos escapa de entre las manos.

La pregunta que flota en el ambiente cuando las luces se encienden es ¿Qué haría yo si me tocara vivir una experiencia como ésa? Una pregunta que no creo que muchas personas quisieran responder, ni ahora ni nunca. Una pregunta, magníficamente respondida por Lars von Trier, a pesar de todo. Y una respuesta que merece ser vista en una pantalla bien grande y sin que nadie moleste a tu alrededor, salvo la soledad que siempre nos acompaña. 

 
Dejo a su consideración el valorar la tamaña barbaridad que soltó el director de la película durante la rueda de presentación de la película, en la edición del festival de cine de Cannes, afirmación que le supuso la expulsión del certamen y del país en el que se celebra. Su ignorancia y falta de ética para con quienes murieron bajo la bota de la intransigencia nacionalsocialista no debería empañar la validez de una cinta tan sobresaliente como lo es Melancholia aunque cuesta separar una cosa de la otra, por mucho que se intente.
 
 
© Zentropa Entertainments; Memfis Film; Entropa International Sweden; Slot Machine; Liberator Productions; Zentropa International Köln; Film i Väst; Danmarks Radio (DR);  arte France Cinéma & Legion Entertainment, 2014

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