miércoles, 26 de febrero de 2014

MONSTRUOS



Muy a pesar de la legión de detractores que ha tenido y, aun hoy en día sigue teniendo el cine de género, éste le ha dado al séptimo arte algunas de sus más preciadas joyas.

Títulos como Aelita; Metrópolis; Frankenstein; La guerra de los mundos; La invasión de los ladrones de cuerpos; Ultimátum a la Tierra; El planeta de los simios; Terminator;  o Pitch Black, por citar los primeros que se me vienen a la cabeza, demostraron, en el momento de su estreno, la validez del fantástico frente las críticas que lo lastraban.

Y todos estos títulos, en mayor o menor medida, están hermanados por ser películas con un presupuesto no excesivamente alto, más bien todo lo contrario.

En la mayoría de los casos, se trata de películas realizadas con mucho oficio, y una gran inventiva por parte de sus responsables, salvo el caso de El planeta de los simios que sí que dispuso de cierto desahogo presupuestario, pero sin exagerar. Algo similar le ocurre a cinta de Fritz Lang, aunque su presupuesto, muy alto para los estándares europeos, no tiene comparación con el mercado americano.

No obstante, en ambos caso, y al igual que ocurre con el resto de títulos, el sobresaliente resultado final tiene mucho que ver con el interés y la dedicación de quienes se encontraban detrás del proyecto.

Con Monsters, película, dirigida, escrita, rodada y diseñada por el británico Gareth Edwards -quien también se hizo cargo de los efectos digitales de la cinta- pasa tres cuartos de lo mismo. Toda la producción se apoya en las espaldas de los dos actores principales, Whitney Able (Samantha Wynder) y Scoot McNairy (Andrew Kaulder) y en un equipo técnico formado por cinco personas, junto con todos los ordenadores y el material informático del director.

La película, rodada cámara en mano en escenarios naturales, muchas veces sin pedir permiso, y utilizando personas normales y corrientes como figurantes puede ser considerada como una de las propuestas más atractivas e interesantes de cuántas se han estrenado en los últimos años.

Además, el trasfondo social que destila toda la cinta, el cual no figuraba en los planes iniciales del director, la convierten en una herramienta de crítica social, a la altura de títulos como La invasión de los ladrones de cuerpos o Ultimátum a la Tierra.

Puede que la diferencia sea que lo que rodó Edwards en Méjico sea algo tan cotidiano que, aunque lo quieras pasar por alto, acaba por surgir mientras que el trasfondo de denuncia sobre la carrera armamentística (Ultimátum a la Tierra) o, por el contrario, el clima de paranoia y persecución vivida durante la época de la “caza de brujas” (La invasión de los ladrones de cuerpos) estuviera más presente en esas épocas.

Sea como fuere, Edwards filma en Monsters su particular visión de la novela del escritor Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas (1899), aunque el escenario se traslade del Congo colonial belga al Méjico contemporáneo e igualmente violento.

Monsters es varias cosas, además de una película de género. Por un lado es el viaje que dos personas emprenden tratando de volver a casa, aunque las fronteras de dónde está el hogar se vayan difuminado con el paso del metraje. Por otro lado es una historia de amor entre dos personas antagónicas, pero tremendamente solitarias.

Y, como su mismo nombre indica, es una película de monstruos llegados desde el espacio exterior, los cuales deben enfrentarse con los monstruos que habitan el planeta Tierra, los seres humanos, mucho más dañinos que aquellas criaturas.

La excusa argumental tiene que ver con una nave espacial, la cual se estrella tras obtener muestras de vida extraterrestre en una de las lunas de Júpiter.

La nave en cuestión se estrella en Méjico, infectando una enorme zona del país, convirtiéndose, ésta, en la “Zona infectada”.

Ante tal suceso, las autoridades norteamericanas comienzan un enorme despliegue militar, el cual pretende evitar que las criaturas “invadan” el territorio americano, además de construir una enorme muralla, edificación que compite en grandiosidad con la milenaria muralla china.

Sobra decir que los intentos por detener a las enormes criaturas, resultantes de la contaminación, acaba por degenerar en una suerte de bombardeos constantes, muchos de los cuales se saldan con víctimas civiles que nada tienen que ver con los invasores extraterrestres.
Por añadidura, una situación tan adversa -sumada a la que el país ya vivía antes del accidente de la aeronave espacial- es el caldo de cultivo ideal para que la corrupción y los atropellos contra los más desfavorecidos se propaguen mucho más rápido que cualquier invasión alienígena.

En medio de aquel escenario, se encuentran Andrew Kaulder y Samantha Wyder. Él es un fotógrafo que busca su oportunidad en el mercado de las noticias de consumo rápido y sensacionalista. Ella, por su parte, es la hija del director del medio para el que trabaja Kaulder, y da con sus huesos en un hospital como resultado de uno de los muchos ataques de los monstruos y el posterior bombardeo de los aviones estadounidenses. Para los dos protagonistas, Méjico representa una excusa para lograr un propósito, aunque en el caso de la joven, su interés tenga que ver con posponer el maravilloso e idílico futuro que le tiene preparada su familia.

Kaulder, parapetado en un cinismo nada convincente, busca en aquel lugar la oportunidad que le ayude a recuperar la autoestima personal que perdió tiempo atrás, aunque tampoco tenga mucha confianza en su futuro, tal y como le sucede a Sam Wynder. Sin embargo, hacer de niñera de una “niña rica” no entraba en los planes de Kaulder, más si se tiene en cuenta que, cuando conozca a la joven, su vida deje de ir como él quisiera.

Tal y como suele ser habitual cuando las circunstancias ambientales marchan por delante de los personajes protagonistas, Kaulder deberá aceptar que el encargo inicial se va transformado, poco a poco, en la odisea vital que vive el personaje principal de la novela de Conrad, teniendo que hacer frente a sus miedos más íntimos y personales.

Quizás el punto de inflexión, magníficamente resuelto por el director, llega  cuando, tras el ataque nocturno que sufren los vehículos en los que se encontraban viajando camino de la frontera, Kaulder descubre el cadáver de una niña pequeña, la cual ha sucumbido, junto al resto de su familia, ante el ataque de uno de aquellos monstruos. Filmada sin ningún diálogo, la secuencia nos muestra el dolor de una persona que ve en aquella niña, a la que tapa con una de las fundas que protegen sus cámaras, al hijo al que añora y con quien tiene muy poca relación.

Aquella niña es, como en lo mayoría de los casos, el eslabón más débil de una cadena plagada de funcionarios corruptos, personas sin moral y parásitos que devoran sin ningún pudor las vidas de quienes, para desgracia suya, viven en el lugar equivocado y en el momento equivocado.

Una vez que, al final, y tras muchos obstáculos, ambos personajes logran llegar a la frontera, se toparán con una realidad que dista mucho de ser la “versión oficial” que, día tras día, bombardean los medios de comunicación, especialmente las televisiones: los monstruos sólo son criaturas que tratan de sobrevivir, ni más ni menos. Edwards nos muestra, con todo lujo de detalles, la enorme belleza de aquellas criaturas, una suerte de seres anfibios que suenan como las ballenas terrestres, las cuales están tan desplazadas y asustadas como aquellos que han tenido que abandonar sus casas, a causa de la contaminación y los continuos bombardeos aéreos. Es el penúltimo punto y seguido de una historia que termina de una forma esquiva, pero nada casual, más si se tiene en cuenta todo lo que se ha visto.

Con Monsters, Gareth Edwards vuelve a demostrar que la realidad del mundo en el que vivimos se puede convertir en un material tan maleable como cualquier criatura llegada desde el espacio exterior. Sus monstruos nada tienen que ver con el sanguinario alienígena creado por H. R. Giger para la película de Ridley Scott. Sus monstruos son tan víctimas como la mayoría de los personajes que aparecen en la película, sumergidos en las tinieblas de un país, Méjico, donde, día tras día, la violencia se cobra más y más víctimas.

Después está el acierto del director por contar las pequeñas historias que se van sucediendo, tanto entre los dos personajes principales como con el resto de los personajes que irán apareciendo y el resultado es una sobresaliente película de género, la cual no debería pasar desapercibida para todos aquellos que disfrutan con este tipo de propuestas.

Tras un ir y venir de toda clase de rumores, Edwards ha sido el escogido para revitalizar el personaje de Godzilla en la gran pantalla, tras la “fallida y nunca bien ponderada” película de Roland Emmerich, estrenada en 1998.

Su principal reto será no perder su estilo, enredado en los entresijos de una gran producción como esta, y poder seguir contando historias de personas reales con GRANDES monstruos a sus espaldas.

Veremos de lo que es capaz el joven realizador británico y si consigue plasmar un icono tan reconocible como lo es el mítico monstruo japonés sin perder sus señas de identidad como realizador.  
 
© Vertigo Films, 2014

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